En primavera y verano de 2002 un escándalo conmocionó a la Iglesia Católica estadounidense.
Los medios de comunicación del país publicaron vergonzosas historias sobre casos de abuso sexual a menores dentro del clero, y sobre la protección de la que gozaron por parte de la jerarquía eclesiástica.
La respuesta oficial de la iglesia ante estos escándalos no fue siempre constructiva. En la página progresista TomPaine.com el periodista Richard Blow publicó una carta abierta contra la purga homofóbica recomendada por algunos sacerdotes y obispos católicos. Blow responde con [*1]la cólera apropiada ante los comentarios de, por ejemplo, el obispo Wilton D. Gregory. "Lo más importante es luchar para asegurarnos que el sacerdocio católico no está dominado por hombres homosexuales y que los candidatos que recibimos son sanos en todo sentido". Y monseñor Eugene V. Clark afirma: "...en algunos seminarios de Estados Unidos se aceptó a jóvenes homosexuales como candidatos contra toda norma de la doctrina cristiana y de los requerimientos de la iglesia. No es necesario insistir en que este hecho supone una proliferación de las prácticas homosexuales después de la ordenación, y un peligro manifiesto para las relaciones entre hombres y niños.
Blow sostiene con razón, que los intentos de asociar la pedofilia con la homosexualidad no tienen fundamento. Como él mismo dice, "los gays no son más propensos a abusar de los niños que los heterosexuales". El ala derecha de la iglesia católica está intentando aprovechar estos escándalos para continuar con su programa homofóbico.
Están equivocados tanto fáctica como moralmente, alega Blow: la culpa no es de la homosexualidad, sino de la doctrina del celibato. "Es el dogma católico; la doctrina de la iglesia que dicta que los sacerdotes deben ser hombres y permanecer castos. Tratando de cerrar el grifo de la sexualidad humana, la iglesia ha creado una atmósfera enfermiza, una Casa de guardianes de un solo género en la que los hombres frustrados se involucran en comportamientos sexuales a los que no recurrirían de otro modo.
Desde el punto de vista sexual, la iglesia se parece a una prisión, donde hombres que no son gays tienen relaciones sexuales con otros hombres - y niños - porque necesitan desesperadamente satisfacer sus deseos sexuales" (www.tompaine.com/feature.cfm/ID/5517).
Blow y los demás han recuperado la antigua imagen del hombre como victima inocente de sus terribles desequilibrios hormonales, lo que se llamó "teoría hidráulica" de la sexualidad masculina. A pesar de su inherente ridiculez, esta noción ha servido durante siglos como una excusa adecuada para cualquier cosa, desde la violación de mujeres adultas al asesinato de esposas "infieles" o el abuso de niños.
Blow habla de la prisión como un medio en el que los hombres actúan de modo diferente al exterior, aunque cualquier observadora feminista que analice el patrón de agresión sexual masculina y los comportamientos que se relacionan con ella en las prisiones de hombres, no se sorprende por la diferencia de este sistema con el exterior, sino porque lo copia en cada detalle.
Estos comportamientos ocurren exactamente igual que en el exterior, el patrón social es idéntico. Los hombres libres cometen violaciones individuales o en grupos (EE.UU. tiene la segunda tasa más alta del mundo de denuncias por violación, sólo recientemente superada por la de Sudáfrica), los hombres libres se benefician del trabajo de prostitutas esclavizadas. Los hombres libres demandan los servicios de las prostitutas. Los hombres libres demandan servicios sexuales y domésticos a cambio de "protección" frente a otros hombres.
La única diferencia es el género de la gente que es prostituida, violada en grupo, forzada a elegir entre el servilismo sexual a un hombre fuerte o el lugar más peligroso de propiedad pública sexual de todo el barrio. Estas experiencias las han sufrido las mujeres tradicionalmente, y todavía las sufren cada vez que la pobreza, el desorden civil o algún otro factor rompen la frágil red de la democracia y el orden público.
La violación de hombres en las cárceles molesta sobre todo a las personas que no quieren pensar en la violación en general. Una de las razones de ello es que la prisión es en cierto sentido "el mundo del revés". El número de reclusos negros (y de otras etnias no blancas) es desproporcionadamente elevado, por una serie de razones dignas de vergüenza. Los jóvenes blancos (sobre todo si son de clase media, no son despabilados o parecen de algún otro modo "blandos"") pueden convertirse en víctimas de la agresión de los hombres de color. A diferencia del mundo exterior, a pesar de las persistentes fantasías racistas, es raro que los hombres de color violen a mujeres blancas: los hombres de todas las etnias violan mayoritariamente a las mujeres de su propia cultura o etnia, aunque los hombres blancos también optan por violar mujeres de color. Fuera, el mundo está al derecho otra vez. Aunque hemos aprendido (como sociedad) a hacer la vista gorda ante las violaciones y la explotación de las mujeres a manos de los hombres, no nos molesta tanto como lo que pasa en las prisiones de hombres.
Si los hombres de la prisión violan a otros hombres y muchachos sólo porque "necesitan desesperadamente satisfacer sus deseos sexuales", ¿cómo se explica entonces la incidencia de las violaciones fuera de la prisión? ¿Cómo se explica el tráfico internacional de esclavos sexuales? ¿Se supone que debemos considerar que la violación de mujeres y niñas es más natural o tolerable que la violación de hombres?
Si los hombres de la prisión violan a jóvenes o adolescentes sólo porque se encuentran privados de otros "desahogos" (una manera muy simpática de referirse a la población femenina), ¿entonces cómo se explica la industria multimillonaria de pornografía infantil en el llamado "normal" mundo exterior? ¿Cómo se explican los cientos de miles de hombres de negocios respetables, "heterosexuales", casados, que hacen turismo sexual a Tailandia para acostarse con pequeños niños tailandeses a precios de ganga? ¿Cómo se explican las amplias redes de pedófilos en Internet? ¿La explotación de los adolescentes que abandonan el hogar familiar?
¿Todos estos hombres abusan de niños, violan mujeres, buscan prostitutas menores de edad y acuden en masa a los lugares que ofrecen "adolescentes cachondas online" sólo porque no obtienen suficiente sexo?
Obviamente muchos expertos lo piensan así, ya que parece ser una explicación favorita de los crímenes de los curas corruptos. ¿Cuál es la solución? Igualmente obvia: abolir la perniciosa doctrina del celibato. Comenzar a casar a los sacerdotes. Si a cada hombre se le provee de una obediente sierva sexual propia para toda la vida - perdón, quiero decir compañera - podrá absorber toda energía sexual agresiva que él pueda contener, para que la comunidad en su conjunto no sufra daños.
La mujer como papel secante, como pararrayos, como enchufe de sacrificio. Cualquier mujer que haya negociado y suplicado desesperadamente para mantener las atenciones sexuales de un esposo o compañero abusador concentradas en ella en lugar de hacerlo sobre su hija adolescente sabe lo que es: poner el cuerpo entre el macho dominante y la presa que ha elegido.
Detrás de estas poco respetables propuestas de casar a los curas, para acabar con la "bárbara" doctrina del celibato que "fuerza" a los hombres a abusar de los niños, hay un mensaje implícito: las mujeres adultas valen menos que los niños pequeños. Aunque todos sabemos que los hombres adultos molestan igualmente a niñas pequeñas, es mayoritariamente al monaguillo de ojos grandes a quien los humoristas políticos (y la mente popular que representan) imaginan a merced del sacerdote agresor. Para desviar toda esa energía sexual predatoria masculina y que no lo dañe, necesitamos obviamente una legión de dedicadas esposas.
Pero ¿y si no hay suficientes mujeres que quieran casarse con los curas que deben ser "salvados" de sus propias hormonas agresivas? Por el bien de una sociedad mejor ¿tendremos que establecer burdeles eclesiásticos oficiales para asegurar que nuestros hombres santos sean servidos con la frecuencia adecuada para calmar sus "peligrosas urgencias"? ¿Cómo reclutaremos exactamente al personal de estos burdeles?
Se puede ver a dónde lleva esto. Se pretende afirmar, implícita o explícitamente, que los sacerdotes comparten un privilegio ostentado por los hombres seculares, el privilegio a obtener sexo cuando lo demanden; y que se les debe dar si queremos que sean responsables de sus acciones. Después de todo, todas las personas educadas saben que la masturbación te vuelve ciego o loco, o ambas cosas, así que no se puede pretender que los hombres se arreglen por sí mismos.
Ahora pensemos en serio. ¿Cuándo fue la última vez que una mujer alegó que un impulso incontrolable de deseo la llevó a agredir sexualmente a un niño pequeño? ¿Cuándo fue la última vez que alguien defendió a una mujer así debido a que no había tenido relaciones sexuales por mucho tiempo y que no sería problema si alguien pudiera conseguirle un buen esposo? ¿Dónde están los escándalos de nuestras comunidades célibes de mujeres religiosas? Aparte de algunos apasionados romances lésbicos dentro de la hermandad, no hay mucho más.
¿Alguien me está diciendo que las mujeres no tienen apasionados deseos sexuales? ¿Que las mujeres no tenemos sentimientos sexuales, que somos como pescado frío? No lo creo. Las mujeres hemos hecho cosas extraordinarias y hemos sufrido no sólo por amor sino también por deseo.
Pero a diferencia de los hombres, no crecemos convencidas de que todo el mundo nos debe un polvo gratis. Ni de que cualquier persona más pequeña, más débil o inferior en la escala social es una presa fácil. Debemos aguantar (o disfrutar) antojos sexuales, escozores y grandiosas obsesiones tanto como los hombres, pero nuestras prioridades son diferentes.
Es especialmente irónico cuando los hombres de la Iglesia - supuestamente discípulos de Cristo - practican cazas sexuales, agresiones y dominaciones. Es de esperar que para los verdaderos creyentes sea también tremendamente escandaloso. La enseñanza de Cristo consiste en ponernos a nosotros mismos en segundo lugar, primando nuestra compasión y amor por la humanidad - y digo amor, no deseo ni lujuria. La doctrina de Cristo nos enseña a ver en cada rostro humano la imagen de Dios y en cada ser humano a nuestro hermano o hermana. ¿Qué implica esto cuando se ataca sexualmente a un niño? Quizás las palabras atribuidas a Cristo de forma inmediata son las siguientes: "De cierto os digo que cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis". Es difícil decir algo peor a un atacante sexual en ropas sacerdotales.
La enseñanza de Cristo - proteger, respetar y honrar a los humildes y los impotentes - es el repudio al tradicional oportunismo bárbaro masculino, que considera a cualquiera más débil como un culo potencial. El modelo de la sexualidad expresado en la industria de la pornografía estadounidense (la mayor del mundo), en nuestros burdeles, clubes sexuales, y también en los campus de nuestras universidades, películas, literatura y todo lo demás, es el tradicional: oportunista e instrumentalista. Somos adiestrados desde muy corta edad, para considerar a los demás como gratificadores potenciales de nuestro deseo interesado y autorreferencial. Si la otra persona es discapacitada, menor de edad, demasiado confiada o está borracha, mucho mejor: carne fácil.
Estamos en una época en la que a los muchachos de la universidad les parece divertido drogar a sus compañeras y violar su cuerpo inconsciente. ¿Hay un ejemplo más claro de la deliberada explotación del poder o las ventajas sobre otra persona? ¿O una actitud menos cristiana?
No hay diferencia ética importante entre abusar de un niño o dejar indefensa a una mujer antes de agredirla sexualmente o violar a un hombre más débil en una celda, o hacer que tus compañeros de celda te ayuden a violarlo. En cada caso existe una oportunidad y se aprovecha, o se arregla la posibilidad y luego se toma ventaja de ella, con cínica facilidad. No se hace porque deba hacerse, sino porque el oportunista cree que puede salirse con la suya.
El problema de nuestro clero no es que esté totalmente separado de nuestro mundo, totalmente asexuado o ajeno a la vida diaria: es que es demasiado similar a la vida diaria. Nuestros sacerdotes se comportan de un modo demasiado similar al de los hombres que no son sacerdotes.
La pregunta que deberíamos hacer, y que las feministas radicales han estado haciendo durante los últimos 40 años, es "¿por qué tantos hombres, incluyendo lamentablemente a los curas que esperamos que se adhieran a unas normas de comportamiento más elevadas, se sienten con derecho a abusar sexualmente de cualquiera que se encuentre en desventaja?". ¿Por qué los celadores agreden sexualmente a los pacientes mentales? ¿Por qué los policías desvisten y abusan de las prisioneras? ¿Por qué los hombres violan a sus propias hijas? ¿Por qué quieren alquilar mujeres por horas? ¿Por qué los hombres quieren ver mujeres filmadas en escenarios de humillación y miedo en revistas y videos pornográficos? ¿Por qué los hombres encubren los crímenes sexuales cometidos por otros hombres? ¿Cuál es la conexión entre la sexualidad masculina y la dominación, el oportunismo, la agresión y el peligro?, y por el amor de Dios (o al menos por el bien de nuestras mujeres y niños) ¿qué haremos al respecto?
"Casadlos a todos" difícilmente puede ser una respuesta. A menos que revivamos las leyes que alguna vez consideraron lícito que un hombre violase a su esposa por la fuerza, el problema de la escasez de polvos no desaparecerá con unas pocas licencias matrimoniales. No todas las esposas están dispuestas a ofrecer un servicio sexual, disponible siempre que su esposo "demande sus derechos".
Si queremos tener sacerdotes, médicos, dentistas, policías, maestros, profesores, jueces, jefes, trabajadores de guardería que sepamos que no abusarán de nadie sobre el que ostenten poder momentáneamente, tendrá que cambiarse desde la demanda, desde nuestra creencia en la legitimidad de este egoísmo y esta codicia sexual. Hace mucho tiempo que dejamos de decir a las mujeres que es su deber suministrar eternamente sexo a los hombres. Es cuestión de tiempo que dejemos de criar a nuestros niños para ser hombres que piensen que tienen derecho sobre los cuerpos de otras personas.
No se puede progresar contra un sistema de fuerza y poder hasta que podamos nombrarlo, y describir lo que está pasando. Mientras cualquier sistema, ya sea la supremacía blanca, el derecho divino de los dioses, las distintas formas de "mantener a la mujer en su lugar", sea aceptado como "natural", aquellos que perpetran los abusos particulares implicados y requeridos por el sistema serán absueltos de su responsabilidad.
Cuando achacamos los ataques sexuales de los hombres a la doctrina del celibato, suscribimos implícitamente la convicción de que es razonable o justificado que los hombres utilicen la violencia, la intimidación, la deshonestidad y la traición para tener relaciones sexuales si no pueden tenerlas de otro modo.
Para definir la falta de relaciones sexuales como un estado antinatural que justifique un comportamiento antinatural o antisocial, primero debemos definir el sexo como una "necesidad" primaria. Este es el acercamiento tradicional ("hidráulico) al apetito sexual masculino: que es equivalente al hambre o la sed. Habiendo definido la sexualidad masculina como una "necesidad" primaria, creamos el sistema que, si estuviera permitido definir, podríamos llamar "imperativo sexual masculino", o "privilegio sexual masculino" - el derecho a anular los cuerpos de otras personas para satisfacer una "necesidad" más importante. Esta presunción es tan básica que nunca se articula hasta que la noción de carencia sexual se utiliza para justificar o perdonar el ataque sexual.
"Nuestros compañeros estaban tan necesitados de sexo", contó un mayor soviético a un periodista inglés del momento (sobre la fiebre de violaciones que se permitieron los soldados soviéticos victoriosos después e la caída de Berlín), "que a menudo violaban mujeres mayores, de sesenta, setenta o incluso ochenta años, en gran parte con sorpresa, si no completo regocijo, de estas abuelas".
Como escribió James Welborn (también en TomPaine.com): "Nunca he practicado el sexo con un niño de 14 años, pero estoy seguro de que si él y yo estuviéramos solos en una isla desierta sin esperanzas de rescate lo pensaría más seriamente...".
No se habla aquí de consentimiento. Se habla de que dada una situación de escasez sexual (la clásica "isla desierta") este normalmente racional y civilizado escritor "reconsideraría la idea, dadas las circunstancias". ¿Qué "idea" sería esta realmente? ¿Quién la propondría? ¿Y a quién?
¿Qué pensaría o sentiría al respecto el niño de 14 años? ¿Y si no estuviese especialmente interesado en ser el "desahogo" más a mano para las frustraciones sexuales de un hombre? ¿Tendría alguna otra opción? Si el tabú contra el sexo intergeneracional se desestima con tanta facilidad, ¿cómo podemos pretender que se conserven las restricciones contra la intimidación o la violación, sobre todo sabiendo cuántas intimidaciones y violaciones no ocurren en islas desiertas?
Es interesante señalar que cuando Welborn especula sobre el punto en el cual la escasez vence al tabú, no medita sobre sus propias oportunidades si se encontrase en una isla desierta (o una prisión de máxima seguridad) con un hombre mayor mucho más grande y fuerte que él. Ni se pregunta si "llegaría a considerar la idea" con un hombre de 74 años. Su experimento mental, y estoy segura que también el del controvertido Mirkin, se limita a un "perturbador" escenario que en realidad es bastante confortable y familiar: el macho dominante exigiendo servicios de aquellos socialmente inferiores: campesinos, mujeres, jóvenes, niños.
La revelación de este supurante escándalo de abuso de niños y encubrimientos oficiales, que ha herido tan profundamente a la iglesia, ha traído a colación además, indirectamente, la profundidad de nuestras creencias en el privilegio sexual masculino. Cuando achacamos los ataques sexuales de estos hombres a la doctrina del celibato, suscribimos implícitamente la ideología del privilegio, la convicción de que es razonable o justificado que los hombres utilicen la violencia, la intimidación, la deshonestidad y la traición para tener relaciones sexuales, si no pueden tenerlas de otro modo. La culpa no es de los hombres, sino del sistema que frustró tanto sus deseos que "no tuvieron otra elección".
Los hombres justifican el uso de la fuerza para aliviar su apetito sexual tanto como si fuera el robo de una barra de pan en manos de un campesino hambriento. Las notables diferencias radican en que nadie se muere por falta de actividad sexual, que el orgasmo y su alivio físico pueden obtenerse sin involucrar a otras personas y que el campesino o campesina no está consumiendo el cuerpo y el alma de otra persona para así aplacar su hambre.
Si vamos a compensar las ofensas cometidas a causa de la codicia sexual por los hombres contra las mujeres, niños u otros hombres, tenemos que nombrar la ideología del privilegio sexual masculino y percibirla por lo que es. Deshumanizamos tanto a hombres como a mujeres tratando a los hombres como granadas de mano vivientes, "bombas sexuales" errantes bajo tremenda presión, dispuestas a explotar en cualquier momento, y a las mujeres como necesarias válvulas de seguridad o expertas profesionales de desactivación de bombas. Deshumanizamos a los hombres negando su voluntad y su conciencia, y a las mujeres negándoles el derecho a decir no. La teoría hidráulica de la sexualidad masculina culpa de la agresión sexual no a los hombres que agreden, sino a cualquiera que les diga que no, sea la Iglesia Católica, una esposa "fría", o a las mujeres en general.
No debería haber lugar en una sociedad para este tipo de pensamiento; las mujeres (y los niños y los hombres más débiles o jóvenes) no son "desahogos" para las energías sexuales de los machos alfa; no son un recurso al que se puede echar mano si no lo solicita un hombre más fuerte o si no se pueden defender por sí mismos; ni son un tipo de comida para ser consumida "cuando haga falta". Los hombres de conciencia deben reexaminar esta presunción fácil y tácita de derechos naturales sobre los cuerpos de otras personas.
Alegar que la abstinencia es imposible, que los hombres son víctimas de sus propias urgencias incontrolables, que el problema real es el celibato, no ayuda nada. Es una excusa demasiado simplista y familiar.