Y
habita en las oficinas destinadas a fomentar el deporte y describir
las delicias del deporte. O al menos es lo que parece cuando
se revisan las coberturas de los Juegos Olímpicos o se verifica
el modo en que actuó el Comité Olímpico Argentino. Las chicas,
por su parte, siguen trayendo medallas.
Al
cierre de esta edición, las mujeres argentinas habían logrado
el 100 por ciento de las medallas olímpicas. El primer bronce
lo obtuvo la nadadora Georgina Bardach, mientras todas las esperanzas
estaban puestas en José Meolans. Y el segundo, la dupla Tarabini-Suárez,
contra todos los buenos augurios que respaldaban al tenis masculino.
Además, hubo otras mujeres con papeles notables como Daniela
Krukower, en judo, o Alejandra García, en salto con garrocha.
Sin embargo, hay momentos en estos días de furor olímpico, en
que el tiempo parece posarse miles de años atrás: en los Juegos
Olímpicos masculinos de la antigüedad donde las mujeres no podían
aspirar a mucho más que a ser premio de los vencedores de las
carreras de carrozas.
A saber: Cuando una escucha los desafortunados comentarios de
periodistas deportivos que parecen apreciar el triunfo de las
mujeres argentinas como consuelo frente al pobre desempeño masculino.
O cuando abre el Suplemento Olímpico del diario Olé del 12 de
agosto y lee, bajo el título “Pegale y llamate Marta”
un comentario sobre fútbol femenino como el que sigue: “El
gol –golazo– fue obra de Marta, que tiene nombre
de ama de casa pero que con la jugada que hizo otra que Rivaldo.
(...) meta gamba depilada y ovarios de parte de las australianas,
mientras que Brasil intentaba poner toallas femeninas frías
y apostar al jogo bonito (delineador, lápiz labial y un toque
de perfume detrás de las canilleras). A los 36, Marta arrancó
por el medio, baldeó el área, se limpió a tres que la marcaban
y de un lampazo mandó la pelota al estante de abajo. Kell, la
arquera australiana, quedó planchada y lista para ver la novela”.
Cada quien podrá sacar la conclusión que quiera pero seguramente
jamás se habrá escuchado a ningún periodista hablar de los menesteres
de los futbolistas masculinos fuera de la cancha y menos reduciéndolos
a un único estereotipo, según el cual todos los hombres deberían
ser donjuanes –que igual sería más simpático– y,
en su tiempo libre, jugadores de fútbol, por dar un ejemplo
tan sesgado como aquél. ¿Sabrá ese periodista –que no
firmó su nota– que su comentario más que jocoso es extremadamente
sexista? ¿Le importará saber que desde hace una década ha habido
varias conferencias para tratar la discriminación de la mujer
en el deporte, que incluyen unas cuantas recomendaciones para
los medios?
Que el deporte no es terreno propicio para las mujeres ya lo
anunciaba el barón Pierre de Coubertin, creador de los Juegos
Olímpicos modernos con su inmortal frase “las olimpíadas
deben ser reservadas para los hombres”, allá por 1896.
Sin embargo, cuatro años más tarde las mujeres empezaron a competir
en dos pruebas. Y en la versión XXVIII de los Juegos Olímpicos
Modernos, de Sydney 2000, fueron el 38 por ciento de los 10.382
atletas inscriptos y compitieron en 25 de los 28 deportes incluidos.
Pero aunque el número sea contundente, muchos todavía prefieren
mirar para otro lado. “El día que yo saltaba (el domingo)
leí los diarios argentinos y no estaba ni siquiera en la agenda
del día”, se quejó Alejandra García, la primera representante
del atletismo argentino en participar de una final olímpica
en 48 años. Finalmente, esta especialista en salto engarrocha
no pudo superar los 4,40 metros que la separaban de la posibilidad
de una medalla. Algo que no sorprende –la beca que le
pagaba la Secretaría de Deporte pasó de 1230 pesos a 500, después
de que se lastimó un día antes de los Panamericanos, una vez
en 20 años–, pero sí duele, sobre todo por su trabajo
serio, concienzudo y solitario, como el de las otras mujeres
que llegaron a clasificarse para los juegos (el 27 por ciento
en una delegación de 156 deportistas). Y como el de la cordobesa
Georgina Bardach, que con apenas 20 años consiguió el bronce
en 400 metros medley; la tercera medalla en la historia de esa
disciplina en el país y la segunda en manos de una mujer, después
de Jeannette Campbell (medalla de plata en los 100 metros libres),
la primera argentina en participar de los Juegos, en 1932. Triunfo
también comparable porque lo consiguió después de haber entrenado
en el país y con su entrenador de siempre, contra todas las
recomendaciones; así como la Campbell tuvo que conformarse con
entrenar los 24 días que duró su viaje en buque hacia Berlín
con una soga elástica que le permitiera nadar en una pileta
de sólo cinco metros de largo.
Otro capítulo merecen episodios como el de las remeras Lucía
Palermo, Analía Marín y Milka Kraljev. Sus botes, despachados
desde Argentina un mes y medio antes de los Juegos, no fueron
retirados a tiempo por los responsables del Comité Olímpico
Argentino (COA). En igual situación estaban los hombres. Sin
embargo, a ellos el COA les alquiló un bote provisorio. ¿Cómo
entrenarían las mujeres a menos de una semana del debut? A nadie
pareció importarle demasiado.
Lo preocupante es que nuevamente los dedos apuntan al general
Ernesto Alais –responsable de los tanques que nunca llegaron
en el levantamiento de Semana Santa–, integrante del Consejo
Directivo del Comité Olímpico Argentino. El general encabezó
la delegación argentina en Barcelona 1992, cuando la atleta
Ana María Comaschi no pudo competir porque alguien se “olvidó”
de anotarla. Y fue presidente de la Federación Argentina de
Tiro, entidad que por discriminar a Elvira Bella –al no
otorgarle el premio a la mejor tiradora de fusil mauser 300
metros por ser mujer– acaba de ser condenada a pagar 35
mil pesos.
Y eso que éstos fueron los primeros 10 días de Atenas 2004.