Quienes estamos aquí, ustedes y yo, compartimos seguramente los mismos pensamientos acerca de que discriminación y violencia no son actitudes y conductas valorables, lo que ya nos destaca en una sociedad que naturaliza el empleo de la violencia.
Inseguridad, terrorismo, son expresiones que han devenido en cotidianas en nuestros encuentros personales, en los medios de comunicación, en las preocupaciones de las autoridades. Todos/as sentimos temor por las consecuencias no deseadas en nuestro vivir, que se manifiestan en secuestros, asaltos, lesiones, muertes, e intentamos protegernos de maneras diversas: colocamos rejas en nuestras casas o negocios, alarmas en nuestros autos, hacemos marchas, aumentamos las penas para los delitos, etc. Podemos denominar a estas conductas prevención.
Ahora bien, les propongo que imaginemos un mundo, o una ciudad, en el que una enfermedad grave afecta repentinamente al 50 % de las personas. Los síntomas son: dolores crónicos, traumas, lesiones y en algún porcentaje, muertes. Las autoridades no logran establecer relación alguna entre la manera como la enfermedad ataca a cada individuo y la amenaza mayor que representa para el público. Las personas afectadas sufren en silencio. Si mañana se anunciara por los medios de comunicación que esta nueva enfermedad ha afectado al 50 % de la población, casi todas y todos nos percataríamos de su gravedad. Sin embargo, cuando conocemos que ese dato se refiere a que ése 50 % afectado son mujeres víctimas de violencia cada año, nos sorprende que casi nadie toma en cuenta la señal de alarma.
¿A qué se debe este fenómeno de invisibilización?
En primer lugar, podemos referirnos a la discriminación.
Entendemos por discriminación, un tipo de trato de inferioridad en cuanto a derechos y consideración social de las personas, organizaciones y Estados, por su raza, etnia, sexo, edad, cultura, religión, ideología, según los casos. Privación premeditada o limitación de los derechos y las ventajas.
La discriminación es una acción manifiesta o larvada de diferenciación de una persona o grupo humano en base a la negación de sus intenciones y libertades. Esto se efectúa siempre en contraste con la afirmación de especiales atributos, virtudes o valores que se arroga quien ejerce la discriminación. Tal proceder se correlaciona con una “mirada”, con una sensibilidad o con una ideología objetivante de la realidad humana.
Las Naciones Unidas han señalado oportunamente que las mujeres constituimos el grupo humano más discriminado a nivel mundial, sin exclusión de países o culturas.
Del concepto de discriminación derivamos estos elementos:
Si hay discriminación en un lado, es porque existe una dominación en el otro;
Las mujeres como grupo humano constituimos la mitad más uno de la humanidad, y esa mayoría es la que está discriminada. Se trata de una realidad social y política que se corresponde con un fuerte entramado estructural y forma parte sustancial del mismo.
En este contexto la violencia contra las mujeres es un mecanismo social fundamental para el mantenimiento de la posición subordinada de las mujeres respecto de los varones.
La violencia es una poderosa herramienta tanto para imponer la discriminación como para mantenerla.
La discriminación en razón de género sigue existiendo en una gran cantidad de ámbitos de nuestra vida cotidiana.
En nuestro país tenemos un ejemplo de discriminación legislada: la ley de cuotas para la participación en actos electivos. Gracias por el aporte a mis amigas abogadas.
En segundo lugar, vamos a mencionar algunas concepciones del imaginario social actual.
¿Qué clase de mitos, creencias o prejuicios están asociados a la violencia contra las mujeres?
Que las mujeres son inferiores a los hombres.
Que el hombre es el jefe del hogar.
Que el hombre tiene derechos de propiedad sobre la mujer y los hijos y que la privacidad del hogar debe ser defendida de las regulaciones externas.
Consecuencias de esto?: La noción que el hombre tiene el derecho y la obligación de imponer medidas disciplinarias para controlar el comportamiento de quienes están a su cargo.
Estos mitos a su vez cumplen tres funciones principales:
Culpabilizan a la mujer (provocación: ella hace algo para que él actúe así; masoquismo (le debe gustar que la maltraten), etc.
Naturalizan la violencia: "el matrimonio es así", “los celos son el condimento del amor”
Impiden a la víctima salir de la situación (mitos acerca de quien tiene la responsabilidad de mantener unida a la familia, el amor, la abnegación, la maternidad, etc.).
Para que exista violencia tiene que darse una condición, cual es la existencia de un cierto desequilibrio de poder.
La posición desigual fomenta la existencia de prejuicios para hacer racional y justificar la desigualdad y la discriminación. Es decir, el prejuicio y la discriminación se apoyan entre sí, la discriminación fomenta el prejuicio y el prejuicio legitima la discriminación.
Una expresión de la discriminación hacia las mujeres es el sexismo, que es la creencia en la superioridad de un sexo sobre el otro, masculino sobre el femenino, lo que resulta en una serie de privilegios para ese sexo que se considera superior, y que por lo tanto obtiene los servicios del sexo subordinado, que se mantiene en la creencia que ésa es su función natural.
La misoginia, es decir, el desprecio y el odio hacia las mujeres, se nutre de una serie de supuestos relativos, básicamente, a la consideración de las mujeres como inferiores moral, física e intelectualmente, y al igual que ocurre con el racismo, se dá una relación directa entre el alto grado de adhesión a estas creencias y la probabilidad de pasar a la acción violenta.
Pierre Bourdie expresó en “La dominación masculina”: “Los dominantes tienden siempre a sobreestimar las conquistas de los dominados, y a atribuirse el mérito por ellas, aunque les hayan sido arrebatadas. Hoy, el neomachismo sobreestima las transformaciones de la condición femenina y subestima lo que sigue igual; puede incluso utilizar los cambios para reforzar lo que se mantiene constante.....Y los intelectuales, tan dados a verse como liberadores no son los últimos a la hora de poner las ideologías de la liberación al servicio de nuevas formas de dominación”.........
Dicho esto ¿qué hay de cierto en ese cambio de relación entre los sexos? No cabe duda que la dominación masculina ya no se impone con la evidencia de lo que se dá por supuesto. Es algo que hay que defender o justificar, algo de lo que hay que defenderse o justificarse. Pero estos cambios visibles ocultan lo que permanece,.....Así, es cierto que la mujer cuenta con una imagen cada vez más fuerte en la función pública (excepción creo de San Juan a nivel de gabinete de ministros donde se evidencia un fuerte sexismo), pero siempre se le reservan los puestos más bajos y más precarios.....; en circunstancias por lo demás idénticas, obtienen casi siempre, y en todos los niveles de la jerarquía, puestos y salarios inferiores a los hombres.........Los estudios muestran que el punto de vista masculino sigue imponiéndose en las imágenes y sobre todo en la práctica: prueba de ello es, p.ej., el hecho que se mantenga en las parejas la diferencia de edad en favor del hombre.
La división tradicional de las tareas se actualiza a cada instante, porque está inscripta en las disposiciones inconscientes de los hombres y también de las mujeres. Así, p.ej. en la T.V., las mujeres están casi siempre confinadas a papeles menores, que son otras tantas variantes de la función de anfitriona, tradicionalmente otorgada al sexo débil; cuando no están flanqueadas por un hombre, que les sirve de valedor y que juega a menudo....con todas las ambigüedades inscritas en la relación de la pareja, les cuesta imponerse, e imponer su palabra, y se ven confinadas a un papel de animadora o de presentadora. Cuando participan en un debate tienen que luchar constantemente para que se les ceda la palabra y para retener la atención, y la discriminación que padecen es tanto más implacable por no estar inspirada en ninguna mala voluntad explícita, y porque se ejerce con la perfecta inocencia de la inconsciencia.
Esta discriminación suave, invisible, imperceptible, sólo es posible con la complicidad de las mujeres, también inconsciente y forzada. La dominación masculina se encuentra con una sumisión tanto más difícil de destruir con las meras armas de la conciencia cuanto que está inscrita en los pliegues del cuerpo.
La dominación masculina, que hace de la mujer un objeto simbólico, cuyo ser es un ser percibido, tiene el efecto de colocar a las mujeres en un estado permanente de inseguridad corporal, o, mejor dicho, de dependencia simbólica. Existen fundamentalmente por y para la mirada de los demás, es decir, en cuanto que objetos acogedores, atractivos, disponibles. Se espera de ellas que sean femeninas, es decir, sonrientes, simpáticas, atentas, sumisas, discretas, contenidas, por no decir, difuminadas. Y la supuesta “feminidad” solo es a menudo una forma de complacencia respecto a las expectativas masculinas, reales o supuestas, especialmente en materia de incremento del ego. Consecuentemente, la relación de dependencia respecto a los demás, (y no únicamente respecto a los hombres) tiende a convertirse en constitutiva de su ser”.
Origen de la discriminación, la dominación y la violencia
El patriarcado, institucionalización del dominio masculino sobre las mujeres dentro de la familia, y la extensión de esta supremacía al resto de la sociedad no es un hecho “natural” o biológico, sino el resultado de un proceso histórico que tardó más de 3000 años en completarse. La dominación patriarcal de los cabeza de familia sobre sus parientes comienza en el tercer milenio antes de Cristo y se encuentra ya bien establecida hacia la época en que se escribe el Antiguo Testamento. El patriarcado implica que los varones tienen el poder en todas las instituciones importantes de la sociedad. No implica que las mujeres no tengan ningún tipo de poder o que se las haya privado por completo de derechos, influencia y recursos.
En esta organización social convivimos hombres y mujeres, con una asignación diferencial de funciones, determinadas por el sistema de género.
¿Qué queremos decir cuando hablamos de género? ¿Qué diferencia hay entre sexo y género?
El sexo es una categoría biológica, que se nos asigna en el momento del nacimiento.
El género es un concepto social y entraña la asignación de ciertas tareas sociales a uno de los sexos y de otras, al otro sexo. Estas asignaciones definen lo que se rotula como masculino y femenino y constituyen las creencias sociales sobre lo que significa ser hombre o mujer en una sociedad dada y en un período determinado.
Los estereotipos de los géneros son el resultado de considerar que determinadas actitudes, conductas y sentimientos son apropiados sólo para uno de los sexos y por lo tanto inconvenientes y desaprobados socialmente para el otro. Todos/as actuamos como si esas diferencias fueran reales, es decir, naturales, y no establecidas por la sociedad; nos olvidamos que el sexo se refiere sólo a una diferencia anatómica.
Los roles de género han sido organizados de manera tal que se ha colocado a los hombres en una posición dominante y a las mujeres en un posición subordinada.
Esta organización excluye la posibilidad de igualdad y reciprocidad entre los sexos, reduce la gama de conductas posibles de los dos sexos y termina por producir rigidez y polarización. Afirma y mantiene el poder de los hombres y la impotencia de las mujeres
En la familia se aprenden los roles de los géneros aprobados por la cultura, tratando y respondiendo a las niñas y los varones de manera diferente, manteniendo distintas expectativas para ellos y ejerciendo diferentes presiones sociales para unos y otras, produciendo así al varón-hombre y a la niña-mujer. Esta función que realiza la familia es decisiva para la sociedad.
Los métodos de la cultura para formar a niñas y niños en sus roles según el género nos enseñan desde una edad temprana a no ver el género como un concepto social, sino por el contrario, a verlo como profundamente arraigado en la naturaleza humana. Ej.: al entregarle a niños autos y herramientas y a las niñas muñecas ,cacerolitas y maquillaje para jugar, estamos socializando para los futuros roles que pensamos deberán cumplir cuando crezcan, en nuestra sociedad. El varón, al trabajo productivo , la nena en el cuidado reproductivo.
Los miembros de la familia, al confundir el sexo biológico con los roles de los géneros establecidos socialmente, suponen que la conducta relacionada con los géneros es natural, inevitable e inmutable. Este supuesto excluye una amplia gama de conductas humanas como objeto de análisis y cambio. Por ej. el dicho corriente “ el hombre es hombre” hace que se entienda una conducta como algo dado, no sujeta a ninguna discusión y mucho menos a ninguna modificación.
En el fundamento de las tareas basadas en el género existen tres supuestos centrales sobre los roles masculinos y femeninos:
los hombres creen que deben tener siempre el privilegio y el derecho de controlar la vida de las mujeres ( novia, hermana, amiga, madre, Etc..);
las mujeres creen que son responsables de todo lo que va mal en una relación humana;
3) las mujeres creen que los hombres son esenciales para su bienestar ( en lugar de simplemente deseables o gratificantes). Estos tres supuestos se combinan para crear casi todas las interacciones y también los problemas de los hombres con las mujeres. Esta perspectiva pone en claro no sólo las diferencias entre los géneros sino también el poder que ejerce uno sobre otro.
El orden social se impone en los aspectos más personales de los individuos y las familias: sus finanzas, su conciencia de sí, sus manifestaciones de la sexualidad, su manera de ejercer la maternidad o la paternidad, etc. Este orden social, este patriarcado, no sólo se introduce en todas partes sino que además disemina sus desventajas de manera desigual, siendo una carga más pesada para el débil y el impotente, que para el que ocupa una alta posición y está bien protegido.
Poder y género
El poder no es una categoría abstracta, el poder es algo que se ejerce, que se visualiza en las interacciones ( donde sus integrantes lo despliegan). Este ejercicio tiene un doble efecto: opresivo y configurador, en tanto provoca recortes de la realidad que definen existencias ( espacios, subjetividades, modos de relación, etc.).
Dos acepciones surgen con la palabra “poder”: una es la capacidad de hacer, el poder personal de existir, decidir, autoafirmarse; requiere una legitimidad social que la autorice. Otra, la capacidad y la posibilidad de control y dominio sobre la vida o los hechos de otros, básicamente para lograr obediencia y lo de ella derivada; requiere tener recursos (bienes, afectos) que aquella persona que quiera controlarse valore y no tenga, y medios para sancionar y premiar a la que obedece.
En este segundo tipo de poder, se usa la tenencia de los recursos para obligar a interacciones no recíprocas, y el control puede ejercerse sobre cualquier aspecto de la autonomía de la persona a la que se busca subordinar ( pensamiento, sexualidad, autonomía, capacidad decisoria, etc.)
La posición de género ( femenino o masculino) es uno de los ejes por donde discurren las desigualdades de poder, y la familia, uno de los ámbitos en que se manifiesta. La desigual distribución del ejercicio del poder sobre otros u otras conduce a la asimetría relacional.
La cultura ha legitimado la creencia en la posición superior del varón: el poder personal, la autoafirmación es el rasgo masculino por definición. Ser varón supone tener el derecho a ser protagonista. A través de la socialización los varones creen que tienen derecho a tomar decisiones o a expresar exigencias a las que las mujeres se sienten obligadas, disminuyendo su valor y necesitando la aprobación de quien a ellas les exige. La ecuación “protección por obediencia” refleja esta situación y demuestra la concepción del dominio masculino.
¿Qué poderes ejercen las mujeres? El sobrevalorado poder de los afectos y el cuidado erótico y maternal. Con él logra que la necesiten. Este es un poder delegado por la cultura androcéntrica , que le impone la reclusión en el mundo privado. Poder característico de los grupos subordinados, centrados en “manejar” a sus superiores haciendose expertos en leer sus necesidades y en satisfacer sus requerimientos, exigiendo algunas ventajas a cambio. Sus necesidades y reclamos no pueden expresarse directamente, y por ello se hacen por vías ocultas: quejas, distanciamientos, enfermedades, etc.
Estas situaciones de poder suelen ser invisibilizadas en las relaciones de pareja, llevando a la creencia de que en ellas se desarrollan prácticas recíprocamente igualitarias y velando la mediatización social que adjudica a los varones, por el hecho de serlo, un plus de poder del que carecen las mujeres.
Es verdad que no todas las personas se adscriben igualmente a su posición de género y el discurso de la superioridad masculina está cuestionado, pero el poder configurador de la masculinidad como modelo sigue siendo enorme. Aun las creencias ancestrales oscurecen las injusticias, aplauden las conductas masculinas y censuran a la mujer que asume otras competencias.
Violencia de género
Un tipo de violencia que afecta a la mitad de la humanidad, que es causa de diversas enfermedades físicas y psíquicas, de sufrimientos, de suicidios, a los que se suma un importante costo social y económico, que acorta entre 5 y 10 años la vida de las mujeres que sobreviven a ella, que existe desde hace siglos, sin embargo ha sido permanentemente negada, ocultada, o, cuando se ha hecho visible de forma irreversible, minimizada.
Robert Connell en “La organización social de la masculinidad” nos explica: ...muchos miembros del grupo privilegiado usan la violencia para sostener su dominación. La intimidación a las mujeres se produce desde el silbido de admiración en la calle, al acoso en la oficina, a la violación y al ataque doméstico, llegando hasta el asesinato por el dueño patriarcal de la mujer, como en algunos casos de maridos separados. Los ataques físicos se acompañan normalmente de abuso verbal. La mayoría de los hombres no ataca o acosa a las mujeres; pero los que lo hacen, difícilmente piensan que ellos son desquiciados. Muy por el contrario, en general sienten que están completamente justificados, que están ejerciendo un derecho. Se sienten autorizados por una ideología de supremacía.”
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Ha sido el movimiento mundial de mujeres el que en la segunda mitad del siglo XX ha conceptualizado la violencia contra las mujeres como un problema de poder, específicamente como desbalance de poder entre los géneros.
Antes que nada hubo que visibilizar la existencia de esta violencia, tan incrustada en las prácticas culturales que no podía distinguirse en el entramado social. Para visibilizarla fue necesario darle nombre, o nombres, a medida que se iban identificando sus distintas formas de manifestación: violencia física, agresión emocional, ataque sexual, agresión patrimonial, incesto, violación en el matrimonio, abuso....
Desde la academia y desde las prácticas profesionales se señalaban, y aún se hace, causas biológicas como la “agresividad” de los hombres, razones culturales como la socialización de género, factores médicos como las psicopatias, adicciones a drogas, problemas económicos, o el maltrato en la infancia. No han faltado tampoco los argumentos que señalan que las mujeres somos responsables de la agresión que recibimos, porque la provocamos, la queremos o la merecemos.
Algunos de estos planteamientos , como los que tratan de explicar la violencia por las adicciones o los problemas económicos del agresor, son en realidad mitos. Contradicen y ocultan la realidad, impiden su comprensión y por lo tanto obstaculizan la posibilidad de enfrentar adecuadamente el problema. Por otro lado, la socialización de género, la agresividad masculina o el aprendizaje infantil de la violencia, que sin duda alimentan y propician la agresión contra las mujeres, no son casuales. Tienen el trasfondo común que es precisamente la estructura social de inequidad entre los géneros. Es este desbalance de poder lo que permite y facilita el aprendizaje y la práctica de la violencia de los hombres hacia las mujeres.
La afirmación de que las mujeres merecemos, provocamos o somos responsables de la agresión que recibimos, es un argumento de complicidad con la violencia de género. Los agresores son los responsables de sus actos, incluyendo la violencia que ejercen.
Romper el silencio y pasar a la denuncia de esta violencia ha significado para las mujeres sacudirse de culpas milenarias para poder afirmar el derecho a vivir una vida sin violencia, y que nada justifica la agresión.
Este discurso, que hoy es relativamente aceptable, no lo era hace 10 ó 15 años, e impensable hace 20 ó 30.
Se está hablando de las leyes hechas por los hombres para mantener su dominación de género, de la policía como guardiana de este orden patriarcal, de las instituciones estatales, insensibles al dolor y las necesidades de las mujeres maltratadas, de la educación, de las iglesias con sus discursos de perdón, de la mística femenina de sacrificio a favor de los otros. Y también de la estructura de propiedad y crédito, que coloca los recursos económicos en manos masculina; de la estructura política formal que excluye a las mujeres de las decisiones y los controles; y de las costumbres y tradiciones que son prácticas estereotipadas, ritos de mantenimiento del orden establecido entre los géneros.
Sin duda las instituciones no son todas totalmente insensibles , ni las leyes tan nefastas. En alguna medida se ha logrado disminuir el desbalance de poder social. Sin embargo, los riesgos de que la situación se revierta siempre están presentes.
¿Cuál es el concepto de violencia de género?
Se entiende por violencia de género el ejercicio de la violencia que refleja la asimetría existente en las relaciones de poder entre varones y mujeres, y que perpetúa la subordinación y desvalorización de lo femenino frente a lo masculino. Se caracteriza por responder al patriarcado como sistema simbólico que determina un conjunto de prácticas cotidianas concretas, que niegan los derechos de las mujeres y reproducen el desequilibrio y la inequidad existente entre los sexos. La diferencia entre este tipo de violencia y otras formas de agresión y coerción estriba en que en este caso el factor de riesgo o vulnerabilidad es el sólo hecho de ser mujer (OPS, 2000)
Esta violencia se verifica en todas las clases sociales, y a lo largo del ciclo de la vida de las mujeres: fase prenatal : abortos selectivos por razón de sexo.; niñez : incesto, abuso sexual, explotación sexual (prostitución); adolescencia: iniciación sexual y embarazo forzados, adultez: acoso, violencia, tráfico sexual, homicidio; vejez : violación, abuso económico, homicidios por motivos económicos, abuso psicológico.
Consecuencias de la violencia:
En las mujeres las consecuencias de la violencia se manifiestan en la disminución de la autoestima, el temor, las neurosis, intentos de suicidio, la depresión, tendencia hacia el abuso de alcohol y otras drogas, problemas ginecológicos varios, abortos, partos prematuros, discapacidades pasajeras o permanentes, infecciones de transmisión sexual, embarazos forzados, trastornos de la conducta alimentaria, trastorno de personalidad múltiple, trastorno obsesivo-compulsivo, disfunción sexual, muerte.
El español Manuel Montero ha elaborado el concepto de “precadáver” para las mujeres en situación de violencia de género, en razón del peligro de muerte en que pueden encontrarse.
Esta violencia puede afectar también los ingresos de la mujer, su trabajo y su capacidad de conservar el empleo.
También tiene consecuencias perjudiciales en sus hijas e hijos. Presenciar el maltrato que sufre la mujer aumenta las probabilidades de estar involucrados /as en situaciones de violencia en su vida adulta.
Organismos internacionales como la OMS, UNICEF, proporcionan estadísticas que nos dicen por ej. que la violencia de género en mujeres de 15 á 44 años, provoca más muertes e incapacidades que el cáncer, el paludismo y los accidentes de tránsito. (1993).
En nuestro país, sólo 22 % de las 101 muertes de los primeros 6 meses de 2003, y sólo el 10 % de las 1000 muertes de los últimos 10 años son derivadas de lo que llamamos inseguridad. El resto pasa puertas adentro de los hogares. Dato de la Segunda Jornada Provincial de Violencia Familiar, Mendoza, agosto de 2003.
La Universidad de Alicante, España, considerando que la violencia de género ( o violencia del compañero íntimo: VCI) es un problema no sólo social sino también de salud pública por su creciente incidencia y mortalidad, calcula el Indice Epidémico Mensual , el indicador que utilizan los servicios de salud para alertar ante problemas importantes para la salud. Para su interpretación existen tres niveles de riesgo: menor que 0,74 (básico), entre 0,75 y 1,24 ( medio) y mayor que 1,25 (alto o de epidemia). La epidemia de VCI creció en España un 36 % en el año 2003. Como media anual el indice epidémico fue de 1,36 con 75 mujeres asesinadas por su compañero íntimo. De no instaurarse medidas efectivas de control, se espera para el 2004 un número de más de 100 muertas.
Los hombres contra la violencia hacia las mujeres
En diversos países en el mundo grupos de hombres han constituido asociaciones e iniciado campañas como la del Listón Blanco en Canadá, en su trabajo para erradicar la violencia de género y buscar la equidad en las relaciones. La idea es reflexionar sobre los conceptos vigentes de masculinidad, que empobrecen la vida de los hombres y resultan opresivos para las mujeres, y dar pasos teóricos hacia un nuevo paradigma.
Como dice Connell:” Las luchas sociales son resultado de grandes inequidades. De esta forma, las políticas de masculinidad no se pueden preocupar sólo de interrogantes sobre la vida personal y la identidad. Deben preocuparse también de asuntos de justicia social”.
La igualdad entre los géneros
Las medidas para erradicar la violencia contra las mujeres deben situarse en el marco de las políticas educativas, culturales , de derechos humanos y de desarrollo.
En cuanto a las primeras, debemos decir que se han tomado pocas medidas para promover un cambio cultural y educativo que cuestione una forma de estructura familiar jerárquica y autoritaria o desautorice instituciones discriminatorias.
Una tarea urgente es recurrir a modelos de crianza que redefinan la socialización de género en las futuras generaciones, dando cabida al mismo tiempo a las diferencias y valorando la diversidad.
Pensar en la igualdad de género abre la posibilidad de plantear la erradicación de un sinnúmero de relaciones desiguales conexas, pues buena parte de la brecha de género está relacionada con problemas estructurales, cuya modificación afectaría positivamente al conjunto de relaciones humanas y encaminaría hacia un mundo de respeto y comprensión.
En el marco específico de las relaciones de género, es indispensable hacer confluir un conjunto de haceres, recursos y voluntades, que se encaminen a pagar la deuda por exclusión que la humanidad tiene pendiente con las mujeres, principales afectadas por las desigualdades.
El nivel más elemental de civilización tiene que ver con la erradicación de los males más injustos que resultan de la discriminación de género, que con un poco más de sensibilidad deberían constituirse en crímenes de lesa humanidad. Tal es el caso de la mortalidad y morbilidad vinculados a la salud sexual y reproductiva; la persistencia del analfabetismo; la violación; el incesto, y todos los abusos y violencia contra las mujeres; la doble jornada de trabajo, que incluye el doméstico y el remunerado sin garantías laborales; el tráfico de mujeres y niñas, entre otros.
El segundo nivel está relacionado con la creación de condiciones para que las mujeres puedan ejercer su calidad de sujeto y su ciudadanía, a través de la simple aplicación de los compromisos ya adquiridos por los Estados.
Y por último, un tercer nivel es el de la justicia económica, que tiene que ver con la toma de medidas para erradicar la gran brecha estructural que mantiene a las mujeres fuera de juego de los verdaderos envites societales.
Buena parte de la exclusión de las mujeres tiene que ver con la falta de consideración de la desigualdad de género en el diseño de políticas económicas.
La aplicación de las políticas públicas apropiadas para garantizar el camino a la igualdad de género depende en gran medida del compromiso del Estado.
LIC. LYDIA MANINI