No
hay ninguna duda que a los varones no nos va tan mal como a las
mujeres en el mundo.
Una
mujer, además de todas las penurias, exclusiones, injusticias
y atropellos que puede sufrir al igual que un varón si es pobre
(la mitad de la población planetaria lo es), o si viene del Sur,
o si no es blanca, sufre también por su condición de mujer. Un
varón (rico o pobre, del Norte o del Sur, no importa su etnia,
viejo o joven) es muy probable que trabaje menos que una mujer,
que gane más, que tenga mayor poder de decisión sobre sus cosas,
que tenga sexo cuando lo desee sin consideraciones por su pareja,
que nadie le reclame llegar virgen al matrimonio, que socialmente
se le toleren relaciones extramaritales, que castigue físicamente
a una mujer y no a la inversa. Por lo pronto, sus hijos llevan
su apellido y no el de la madre: ¿por qué?
El
machismo está hondamente enraizado en la cultura humana; es un
fenómeno presente -en mayor o menor grado- en todas las sociedades,
y si bien hay algunos -quizá todavía muy tibios- esfuerzos por
cuestionarlo, sigue siendo una de las lacras más notorias del
proceso civilizatorio, y al mismo tiempo de las más invisibilizadas.
El
99 % de las propiedades del mundo (casas, automóviles, tierras,
acciones, industrias, cuentas bancarias) está en manos varoniles.
¿Por qué?
Las
mujeres no cobran sueldo por el trabajo doméstico, trabajo que
básicamente es realizado por ellas y no por los varones, aún cuando
laboren por fuera de la casa devengando salario. ¿Por qué?
El
ejercicio del poder político es, en su enorme mayoría, una práctica
varonil. Si bien, en forma creciente, va habiendo funcionarias
de Estado mujeres, en general los puestos de decisión clave en
su casi totalidad están reservados a varones. ¿Por qué?
Cuando
se separa un matrimonio en general las mujeres se quedan a cargo
de la crianza de los niños, y los varones no siempre se responsabilizan
de esos gastos. ¿Por qué?
Fuera
del caso casi anecdótico de algún varón golpeado por una mujer,
los índices de violencia física y/o psicológica masculina hacia
mujeres son alarmantes, siendo en algunos lugares importante causa
de morbi-mortalidad. El acoso sexual, o la violación, son siempre
actitudes masculinas, muchas veces semi toleradas. ¿Por qué?
En
ciertas culturas se da la poligamia y no es un delito. ¿Por qué?
También
en algunos lugares se practica la circuncisión femenina, a partir
de la ¿explicación? que las mujeres no deben gozar. ¿Por qué?
La
pornografía, por abrumadora mayoría, está destinada a un público
masculino, colocando como objeto de consumo un pedazo de carne
bien modelado que es, prácticamente siempre, una mujer. ¿Por qué?
La
violación sexual de mujeres es una práctica común para muchos
ejércitos invasores. ¿Por qué?
El
machismo es una flagrante violación de derechos humanos, pero
al estar incorporado como pauta cultural normal de vida y con
una ancestral historia, a nadie se le ocurre considerarlo delito
de lesa humanidad. No obstante, sus secuelas son especialmente
dañinas, lesivas, estructuralmente duraderas.
Está
claro que hay que luchar denodadamente contra el machismo como
una de las grandes injusticias del mundo. La superación de las
diferencias económicas de clase -denuncia monumental que nos lega
el marxismo, y a partir de la que se puede comenzar a pensar un
nuevo futuro- no termina de resolver la inequidad. Habrá que agregar
la lucha contra la discriminación étnica (ninguna etnia es superior
a otra), y contra la discriminación de género.
La
pregunta inmediata es ¿cómo combatir el machismo? La educación
es una de las claves. Educar con miras a mediano y largo plazo
apuntando a crear una nueva cultura no machista. Una sociedad
con miembros no machistas por decantación natural tendrá una actitud
y una legislación no machista. Si, como dijo Einstein, el nacionalismo
es la enfermedad infantil de la humanidad, el machismo es la enfermedad
de la adolescencia, del despertar de la sexualidad: es el acné
juvenil. Y hay que curarlo, porque si no puede dejar marcas duraderas.