En
la mayoría de los conflictos armados actuales, las víctimas entre
la población civil superan en mucho a las bajas de combatientes
y, dentro de las mismas, son las mujeres, debido a los papeles
que desempeñan dentro de sus comunidades, quienes se convierten
con mucha frecuencia en blanco de ataques deliberados. Por una
parte, es habitual que su papel de responsables de la seguridad
de los menores y otros familiares en condiciones de dependencia,
haga con frecuencia más difícil su huida y desplazamiento; y,
por otra, las condiciones de subordinación en que viven respecto
a los varones y el rol que se les adjudica socialmente, convierten
los abusos y la violencia ejercida contra ellas en un instrumento
de humillación hacia las comunidades a las que pertenecen.
La región sudanesa de Darfur, en el oeste de Sudán, vive la crisis
humanitaria más grave del momento y, de nuevo, las mujeres y las
niñas se han convertido en objetivos de la violencia. Centenares
de testimonios hablan de violaciones masivas en las aldeas a manos
de las milicias janjawid, apoyadas por el ejército sudanés. En
los asentamientos en los que se concentran más de un millón de
personas desplazadas en Darfur, de las que la mayor parte son
mujeres, éstas siguen siendo objeto continuo de ataques y violencia
sexual al tener que abandonar los campos para buscar leña, agua
y comida. Las mujeres son víctimas de especial brutalidad e injusticia
en las situaciones de conflicto armado y es preciso que se les
proteja con medidas de seguridad específicas. La legislación internacional
condena de manera explícita las violaciones y abusos sexuales
como crímenes de guerra y es, por tanto, imprescindible que esta
violencia sea visibilizada y sancionada por parte de los Estados
o por Tribunales Internacionales. La comunidad internacional tiene
la obligación de hacer frente al problema de forma efectiva.
La violencia contra las mujeres en los conflictos armados no es
un fenómeno que surja espontáneamente como una consecuencia, entre
otras, del propio conflicto, sino que es una manifestación más
de la violencia cotidiana que sufren esas mujeres en sus sociedades,
llevada al extremo por las circunstancias del mismo. Esta violencia
tiene su raíz, y de ahí toma las formas que adquiere, en el papel
asignado a las mujeres dentro de sus propias comunidades. La violencia
sexual contra las mujeres no es así sino una forma de humillar
al conjunto de la comunidad, de la que a menudo se culpa a la
propia víctima y que tiene como consecuencia su estigmatización
y repudio incluso por parte de sus parejas y familias. En algunos
conflictos, la violación es utilizada como arma de guerra e instrumento
de genocidio ya que la etnia, en determinadas culturas, se transmite
a través de la paternidad.
En Ruanda, hace diez años, se contabilizaron más de 500.000 mujeres
violadas. De ellas, muchas contrajeron el sida y no tienen acceso
a los medicamentos. En la actualidad, miles de mujeres en Burundi
y Sudán padecen la misma suerte. Las que logren sobrevivir a las
mutilaciones, torturas y vejaciones quedarán marcadas de por vida,
por el sida, por la estigmatización de haber sido violadas, o
por ambas cosas. Serán consideradas 'mujeres echadas a perder'
y sufrirán el rechazo y la marginación social por parte de sus
propios maridos, o de la comunidad entera, debido al tabú cultural
que supone ser una mujer violada o portadora del VIH. Si ya tenían
hijos o, como consecuencia de la violación, quedan embarazadas,
posiblemente se vean solas y sin ninguna ayuda a su cuidado ya
que los menores, en muchas zonas, son responsabilidad exclusiva
de la madre.
Sin embargo, las mujeres son el eje central en el mantenimiento
de sus comunidades. Sin ellas, no podrían sobrevivir. En los conflictos,
cuando los hombres abandonan sus lugares de residencia, las mujeres
quedan a cargo de otras personas dependientes de ellas y son quienes
trabajan el campo y obtienen comida, agua, leña y todo lo necesario
para la subsistencia de la comunidad, lo que también las expone
a una mayor vulnerabilidad ya que resultan fácilmente localizables.
Este papel central de las mujeres en la supervivencia de sus comunidades
hace que sus aportaciones sean esenciales en los procesos de paz
posteriores a los conflictos como expresó en 2000 el Consejo de
Seguridad de la ONU en su resolución 1325 sobre mujeres, paz y
seguridad. Esta resolución exige la participación en pie de igualdad
de las mujeres en la toma de decisiones e iniciativas para el
establecimiento y mantenimiento de la paz, una mayor protección
para las mujeres y niñas y el enjuiciamiento de los culpables
de violencia contra ellas.
En Ruanda, en 2001, mujeres excombatientes de todo el país y procedentes
de ambos bandos del conflicto, crearon una asociación llamada
Ndabaga que pide participar en las misiones de paz que se llevan
a cabo en Africa. Sus componentes están profundamente comprometidas
en los procesos de reconstrucción y reconciliación en Ruanda y
podrían desempeñar un papel importante en conflictos como el de
Darfur y en etapas de posconflicto, en cuyos procesos de desarme,
desmovilización y reintegración, y a pesar del contenido de la
resolución 1325, las mujeres son con frecuencia excluidas.