Para
quienes somos argentinos, o latinoamericanos, y por lo tanto
de corazón caliente, el dolor es un terreno sagrado en el que
nos introducimos con silencio reverencial, y con respeto casi
religioso. Nadie se atreve a hablar mal de un muerto, nadie
cuestiona a quien se encuentra en medio de un drama, y hasta
se callan o disimulan cosas que hasta ayer se gritaban, porque
'¿cómo vas a decir eso?' ante el sufrimiento.
Para
quienes somos argentinos, o latinoamericanos, y por lo tanto
sensibles con sintonía con los afectos o las lágrimas, hay ambientes
donde entrar es casi un sacrilegio: no se tocan los niños, la
familia, una madre que llora. Nadie se pregunta ante un niño
si hay razón o no, sino de qué lado queda -al menos aparentemente-
el niño, para saber dónde posicionarnos.
Para
quienes somos argentinos, o latinoamericanos, muchas veces la
razón no entiende lo que grita el corazón, o no importa lo que
los afectos o afectividades indican, importan los sentimientos,
lo sensible.
Hace
unos meses la sociedad -incentivada por los medios- nos inundó
con el 'caso Blumberg', y los argentinos se conmovieron por
el caso, viendo un padre destruido, y la crueldad de unos 'animales'.
Todos los medios nos inundaron con el tema, ¡no sólo los explícitamente
de derecha! Las radios Mitre y La Red, por ejemplo, llevaron
sus móviles a las esquinas a firmar el 'petitorio' de la 'cruzada
Axel' donde miles y miles de personas firmaron sin mirar. Al
fin y al cabo importaba sobre todo el dolor y el sufrimiento
de un padre.
Pero
este padre pareció entender mal. Era graduado en dolor y se
creyó licenciado en 'seguridad', 'legislación' y experto en
funcionamiento de los poderes de la República.
Después
de un paréntesis donde 'nada pasó', los medios nos inundaron
con otro caso sanisidrense. Ahora, una madre llena de dolor
hablaba 'de rodillas', lloraba en cámaras, y celebraba misas.
Su caso terminó mejor que el de Blumberg, porque su hijo fue
devuelto vivo, pero ahora, la nueva licenciada en dolor, una
vez más, se creyó experta en poderes de la república. En su
carta al presidente, difundida hoy, le pregunta qué haría si
el secuestrado fuera su hijo. Afortunadamente, los encargados
de hacer las leyes (dejando de lado a los corruptos e inoperantes,
que los hay), suelen ser personas con la cabeza fría, para guiarse
con la mente serena y sentido jurídico. Lo mismo podría decir
una madre de hijo asesinado en robo, de una hija violada, de
vendedores de órganos, de prostitución infantil, entre otros
casos. Si los padres de las víctimas hicieran las leyes, salvando
los meritorios ejemplos de algunos, como las madres y abuelas
de Plaza de Mayo que jamás han pedido venganza sino justicia,
las leyes de la república se transformarían en una ley de la
jungla donde -como siempre- ganarían los fuertes, los impunes,
los poderosos.
Muchos,
en especial en la clase media residual, no saben que existe
un mundo 'afuera', no saben del dolor, o de la lucha por la
vida de los otros. Es verdad que a la madre de un hijo secuestrado,
si la estadística dijera que en el último año sólo hubo un secuestro
(el de su hijo) eso no le serviría de nada: ¡hay un secuestro!,
el propio. Pero fuera de estos momentos de drama, nada se los
escucha decir de los otros dramas. De la solidaridad con ellos.
Si en Torcuato, un menor es secuestrado dos meses para trabajo
esclavo, nada se escucha decir a Blumberg o a la censora sanisidrense;
si un menor de dos años parece secuestrado y se encuentra dos
días más tarde muerto en el Arroyo Las Piedras, en Solano, tampoco
nadie dice nada (tampoco los medios, si de intensidad hablamos);
para no decir nada de los 28 años que llevan secuestrados los
más de 200 menores nacidos en cautiverio y que todavía hoy ignoran
todo sobre ellos y sus vidas. Y sobre esto, nada dicen; o peor,
nos insultan y ofenden a los que pretendemos mantener viva la
memoria, haciendo referencia al Museo de la Memoria.
Personalmente
repudio todo acto de violencia, y me rebelan los secuestros
y todo negociado con la vida humana. Pero también, personalmente,
no le doy ningún derecho a Blumberg ni a la madre de Nicolás
para hablar en mi nombre. Es más, les aclaro que cuando hablan,
generalmente repudio lo que dicen y a quienes representan, les
aclaro que estoy en otra vereda, y eso no me pone del lado de
la vereda de los secuestradores (de quienes también estoy en
otra vereda), les aclaro que solidario con su dolor, no soy
para nada solidario con sus causas.
No
firmé el petitorio Blumberg (y creo estar de acuerdo con el
nombramiento de María del Carmen Falbo en la procuración de
la provincia), y ni pienso ponerme nada negro el día que la
señora lo pide. Porque ella no se puso pañuelos blancos los
jueves, porque ella no sabe distinguir el poder ejecutivo del
legislativo (igual que Blumberg, lo que invita a pensarlos en
el grupo de los defensores de dictaduras, que jamás lo hicieron;
porque de ser demócratas sabrían claramente la diferencia),
y porque ella habla mucho de ponerse de rodillas pero nunca
parece haberse puesta de rodillas ante los pobres de la patria.
Esos que llevan siglos secuestrados, con hijos secuestrados,
trabajo secuestrado, salud secuestrada y futuro secuestrado.
Y lamento creer que en este caso, ella está del lado de los
secuestradores.