Sin
Violencia Otro Mundo es Posible
Vivimos
en una sociedad que en principio valora a la violencia como un
fenómeno “natural” basado en un modelo biologicista
y determinista, en donde el “fuerte” puede y “tiene”
que dominar al débil. Múltiples teorías,
tanto biológicas como sociales, han hecho de la competencia
por la existencia y de la agresión para sobrevivir contundentes
paradigmas en donde ser violento formaría parte consustancial
al ser humano.
Varias conclusiones basadas en el estudio de la conducta animal,
se han trasladado al ámbito humano, de donde se deriva
que la agresión es inevitable y necesaria para sobrevivir.
Konrad Lorenz “Sobre la agresión” Robert Ardrey”El
imperativo territorial” Desmond Morris “El mono desnudo”
y “El zoo humano” son algunos de sus exponentes más
difundidos.
Estos autores nos dirán también que fue mediante
la invención de armas-instrumentos para matar- como las
criaturas pre-humanas se hicieron humanas. Nos dicen que además
de agresivos somos territoriales; que nos caracteriza un instinto
de defensa territorial heredado más fuerte y compulsivo
incluso que el sexo como fuerza motivadora: en consecuencia, guerra
entre naciones, batallas entre bandas, crueldades y crímenes.
La tesis opuesta, que no niega un componente genético en
la agresión humana, demuestra que los seres humanos han
vivido más altruista y pacíficamente durante la
mayor parte de su historia evolutiva. Aún hoy, cuando la
violencia a gran escala amenaza con poner fin a nuestro mundo,
la mayoría de los humanos no tienen en realidad nada de
violentos, y hay sociedades enteras donde aún hoy la violencia
es mínima o inexistente.
Quisiera que me permitan presentar esta tesis , a partir de otros
autores y especialmente A. Montagu, quienes nos dicen: “que
ninguna conducta humana específica está genéticamente
determinada; que los seres humanos son capaces de cualquier tipo
de conducta, incluyendo la conducta agresiva e incluyendo también
la bondad, la crueldad, la sensibilidad, el egoísmo, la
nobleza, la cobardía y la travesura; la conducta agresiva
no es sino una entre muchas, y cualquier explicación del
comportamiento humano ha de explicar todo el comportamiento, no
sólo un tipo; y que el tipo de conducta que despliega un
ser humano en cualquier circunstancia no está determinado
por sus genes – aunque haya por supuesto alguna contribución
genética – sino básicamente por la experiencia
vivida en interacción con esos genes.” Durante el
parto mismo y a lo largo de su vida independiente, la respuesta
entera de un ser humano al mundo se encuentra determinada en alto
grado por la experiencia. Y no sólo las respuestas físicas
y mentales, sino también los rasgos de personalidad, la
conducta y las actitudes son mucho más el resultado de
factores ambientales que de factores hereditarios.”
Los seres humanos son capaces de todo un amplio repertorio de
conductas, y no están más inclinados a matar que
a socorrer. Sabemos que hacen ambas cosas. La explicación
no se encuentra en supuestos instintos humanos , que tenderían
a empujar a todos los hombres y mujeres siempre en una dirección,
sino que depende principalmente de las experiencias de sus vidas,
que varían ampliamente de una persona a otra. La agresividad,
o la conducta agresiva, al igual que el desarrollo de un talento,
por ejemplo, tocar el piano, es en gran medida el resultado de
la aprobación y del apoyo activo, y la conducta pacífica
se produce también debido a que es recompensada. Al final
acaba siendo una cuestión de ver qué tipo de conducta
es más valorado.
Las dos perspectivas no sólo definen dos modos de contemplar
a los seres humanos- cosa ya bastante importante en sí
misma- sino también dos modos de ser humanos y nos afectan
como personas individuales, como sociedades y como supervivientes.
Las soluciones a todos nuestros problemas dependen de qué
perspectiva adoptemos. Si los seres humanos son inevitablemente
criminales, las soluciones deberán adecuarse a nuestras
tendencias asesinas; si la conducta humana es en su mayor parte
aprendida nuestras soluciones deberán apoyarse en esta
capacidad.
Allí donde la conducta agresiva es fuertemente desaprobada,
como entre los huteritas y los amish, o entre los indios hopi
y zuñi, resulta prácticamente desconocida.
La historia es en todas partes la misma, tanto si estudiamos la
agresión en nuestra propia sociedad como si la estudiamos
en diferentes sociedades, la conducta agresiva y la no agresiva
son básicamente aprendidas.
Dice Montagu: La visión hobbesiana de la naturaleza humana
no es nueva; es posiblemente más vieja que la doctrina
del pecado original, y predominó ampliamente durante el
reinado del darwinismo muscular, y su subsecuente criatura, el
darwinismo social. Fue un parecer adoptado por Freud quien, escribiendo
al final de la Primera Guerra mundial concluyó que :”
es necesario contar con que una buena parte de instinto agresivo
forma parte del legado instintivo del hombre....Homo homini lupus...."”En
el caso del hombre, responde Montagu, es posible decir que todos
los intentos de determinar su conducta mediante lo instintivo
hasta ahora han fracasado" Y prosigue:” Lo notable
con respecto a la conducta humana es que es aprendida; todo lo
que un ser humano lleva a cabo como tal ha tenido que aprenderlo
de otros seres humanos. (Eje. hablar) Desde cualquier control
sobre las reacciones predeterminadas, biológicas o hereditarias,
que pueden prevalecer en la conducta de otros animales, el ser
humano ha accedido a una a una zona de adaptación en la
que su conducta está determinada por respuestas aprendidas.
Es dentro de la dimensión de la cultura, de lo aprendido,
en el entorno producido por él mismo donde el ser humano
crece, se desarrolla y alcanza su entidad como organismo que sigue
una conducta...Lo que tales escritores hacen, además de
perpetuar una interpretación completamente errónea
de la naturaleza humana, es desviar la atención de las
verdaderas causas de la agresividad y destructividad humanas,
principalmente de los muchos valores falsos y contradictorios
por los que, en un mundo superpoblado, ampliamente competitivo
y amenazador , tan ineficazmente intenta vivir el ser humano.
No es la naturaleza de hombres y mujeres sino su educación
en un mundo tal lo que requiere nuestra atención”
El tema de la violencia humana, de sus causas y remedios, es muy
complejo y cualquier respuesta elemental resulta sospechosa. Ahora
bien, por qué goza de tanto apoyo la idea de la agresión
innata ( a pesar de las pruebas científicas y del conocimiento
general en contrario) es una cuestión que pienso puede
ser iluminada a partir de la contribución del feminismo
y de los estudios de género.
Cuando hablamos de feminismo nos referimos a la filosofía
que reconoce que las mujeres y los hombres tienen diferentes experiencias
de sí mismos, del otro, de la vida y que la experiencia
de los hombres ha sido ampliamente enunciada, mientras que la
de las mujeres ha sido omitida o mal explicada. El feminismo reconoce
que esta sociedad no permite la igualdad a las mujeres; por el
contrario, está estructurada de tal manera que subordina
a las mujeres y glorifica a los hombres. Esta estructura se denomina
patriarcado.
Comparto con Humberto Maturana su descripción de la cultura
patriarcal “como una red cerrada de conversaciones que hacen
de nuestra vida cotidiana un modo de coexistencia que valora la
guerra, la competencia, la lucha, las jerarquías, la autoridad,
el poder, la procreación, el crecimiento, la apropiación
de los recursos, y la justificación racional del control
y de la dominación de los otros a través de la apropiación
de la verdad.
En nuestra cultura patriarcal vivimos en la desconfianza, y buscamos
certidumbre en el control del mundo natural, de los otros seres
humanos y de nosotros mismos. Continuamente hablamos de controlar
nuestra conducta o nuestras emociones, y hacemos muchas cosas
para controlar la naturaleza o la conducta de otros, en el intento
de neutralizar lo que llamamos fuerzas antisociales y naturales
destructivas, que surgen de su autonomía.
En nuestra cultura patriarcal no aceptamos los desacuerdos como
situaciones legítimas que constituyen puntos de partida
para una acción concertada frente a un propósito
común, y debemos convencernos y corregirnos unos/as a otros/as,
y solamente toleramos al diferente en la confianza que podremos
llevar a él o ella por el buen camino, que es el nuestro,
o hasta que podamos eliminarlo/a bajo la justificación
de que está equivocado/a.
En nuestra cultura patriarcal vivimos en la apropiación,
y actuamos como si fuese legítimo establecer por la fuerza
bordes que restringen la movilidad de los otros en ciertas áreas
de acciones que antes de nuestra apropiación eran de su
libre acceso. Más aún, hacemos esto mientras retenemos
para nosotros el privilegio de movernos libremente en ésas
áreas, justificando nuestra apropiación de ellas
mediante argumentos fundados en principios y verdades, de las
que también nos hemos apropiado.
En nuestra cultura patriarcal vivimos en la desconfianza de la
autonomía de los otros y estamos apropiándonos todo
el tiempo del derecho a decidir lo que es legítimo o no
para ellos en un continuo intento de controlar sus vidas.
Vivimos en la jerarquía que exige obediencia, afirmando
que una coexistencia ordenada requiere de autoridad y subordinación,
de superioridad e inferioridad, de poder y debilidad o sumisión,
y estamos siempre listos para tratar todas las relaciones, humanas
o no, en esos términos. Así, justificamos la competencia,
esto es, un encuentro en la mutua negación, como la manera
de establecer la jerarquía de los privilegios bajo la afirmación
que la competencia promueve el progreso social al permitir que
el mejor aparezca y prospere.
Estamos siempre listos a tratar a los desacuerdos como disputas
o luchas, a los argumentos como armas, y describimos una relación
armónica como pacífica, es decir, como la ausencia
de guerra, como si la guerra fuese la actividad propiamente humana
más fundamental”.
El patriarcado, institucionalización del dominio masculino
sobre las mujeres dentro de la familia, y la extensión
de esta supremacía al resto de la sociedad, no es un hecho
“natural” o biológico, sino el resultado de
un proceso histórico que tardó cerca de 3000 años
en completarse. La dominación patriarcal de los cabeza
de familia sobre sus parientes comienza en el tercer milenio antes
de Cristo y se encuentra ya bien establecida hacia la época
en que se escribe el Antiguo Testamento. El patriarcado implica
que los varones tienen el poder en todas las instituciones importantes
de la sociedad. No implica que las mujeres no tengan ningun tipo
de poder o que se las haya privado por completo de derechos, influencia
y recursos. En éste sistema convivimos hombres y mujeres,
con una asignación diferencial de funciones.
Los estereotipos de los roles de los géneros:
El sexo es una categoría biológica referida a lo
masculino o lo femenino. El género es un concepto social
y entraña la asignación de ciertas tareas sociales
a uno de los sexos y de otras, al otro sexo. Estas asignaciones
definen lo que se rotula como masculino y femenino y constituyen
las creencias sociales sobre lo que significa ser varón
o mujer en una sociedad dada y en un período determinado.
Los estereotipos de los géneros son el resultado de considerar
que determinadas actitudes, conductas y sentimientos son apropiados
sólo para uno de los sexos, y por lo tanto inconvenientes
y desaprobados socialmente para el otro. Todos nosotros actuamos
como si estas diferencias fueran reales, es decir, naturales,
y no establecidas por la sociedad; nos olvidamos de que el sexo
se refiere sólo a una diferencia anatómica.
Los roles de los géneros han sido organizados de manera
que se coloca a los hombres en una posición dominante y
a las mujeres en una posición subordinada. Esta organización
subraya todas las diferencias superficiales entre hombres y mujeres
y da origen a la asignación de casi todas las tareas. Las
tareas que los que dominan eligen para ellos son las que tienen
más reconocimiento y más status. Las subordinadas
tradicionalmente no pueden elegir, a menos que los que dominan
se los permitan , lo cual no constituye una elección real.
Esta organización excluye la posibilidad de igualdad y
reciprocidad entre los sexos, reduce la gama de conductas posibles
de los dos sexos y termina por producir rigidez y polarización.
Lo que es más significativo, afirma y mantiene el poder
de los hombres y la impotencia de las mujeres.
En la familia se aprenden los roles de los géneros aprobados
por la cultura, tratando y respondiendo a las niñas y los
varones de manera diferente, manteniendo distintas expectativas
para ellos y ejerciendo diferentes presiones sociales para unos
y otras. Produciendo así al varón-hombre y a la
niña-mujer, la flia. realiza una función decisiva
para la sociedad.
Los métodos de la cultura para formar a niñas y
niños en sus roles según el género nos enseñan
desde una edad temprana a no ver el género como un concepto
social sino, por el contrario, a verlo como profundamente arraigado
en la naturaleza humana. Ej:juguetes.
En el fundamento de las tareas basadas en el género existen
tres supuestos centrales sobre los roles masculinos y femeninos:
1) los hombres creen que deben tener siempre el privilegio y el
derecho de controlar la vida de las mujeres, 2) las mujeres creen
que son responsables de todo lo que va mal en una relación
humana; 3) las mujeres creen que los hombres son esenciales para
su bienestar ( en lugar de simplemente deseables o gratificantes).
Estos tres supuestos se combinan para crear casi todas las interacciones
y también los problemas de los hombres con las mujeres.
Esta perspectiva pone en claro no sólo las diferencias
entre los géneros sino también el poder que ejerce
uno sobre otro.
El orden social se impone en los aspectos más personales
de los individuos y las familias: sus finanzas, su conciencia
de sí, sus manifestaciones de la sexualidad, su manera
de ejercer la maternidad o la paternidad, etc; este orden social,
este patriarcado, no sólo se mete en todas partes sino
que ademas disemina sus desventajas de manera desigual, siendo
una carga más pesada para el débil y el impotente,
que para el que ocupa una alta posición y está bien
protegido.
La
construcción de la masculinidad como factor de riesgo para
la violencia:
La masculinidad, de acuerdo con Gilmore, “ es la forma aprobada
de ser un hombre adulto en una determinada sociedad”
Desde muy temprano en su socialización el varón
aprende a minimizar sus diferencias respecto de sus pares y a
aumentar las que lo separan de las mujeres.
La diferenciación es clave para el desarrollo de la masculinidad,
pues el hombre aprende desde pequeño a ser “diferente”
de la persona con quien más contacto tiene, su madre.
Esta diferenciación se logra alejándose de las características
que ve en su madre. El pequeño se aleja de las conductas
que son nutritivas, sensibles, emocionales, cooperativas, demostrativas,
suaves, de entrega y obediencia, propias de la socialización
de las mujeres, para adoptar las características masculinas
de competencia, desconfianza, alejamiento, rudeza, individualidad,
dominación, etc..
El carácter social de la construcción de su masculinidad
se oculta tras la superioridad de la importancia social del mero
hecho de nacer varón. Importancia y superioridad que son
aprendidas desde la primera infancia, en la percepción
de la relevancia de su padre en el hogar, en el orgullo materno
por haber traído al mundo un varón y en la captación
de los roles más protagónicos, interesantes y poderosos
ejercidos por sus congéneres. La multiplicidad de modelos
y cualidades en que se desdobla la condición masculina,
posibilita su adopción sin por ello realizar esfuerzos
extraordinarios; no todos los hombres son Stallone o Schwarzeneger,
lo que no invalida el carácter “oficialmente masculino”
de la rudeza y la fuerza. La construcción social del varón
tiene su momento crítico en la adolescencia y juventud
dominadas por el juego de emulación-competencia entre pares
y la multiplicación viril de conquistas.
La masculinidad está conformada por un conjunto de significados
cambiantes, aunque recorridos por una constante: la construcción
histórico-social de la virilidad tiene lugar en oposición
a las mujeres y a las minorías sexuales y raciales. La
huída de lo femenino (que representa la dependencia, fragilidad,
sumisión, etc.) para constituir la masculinidad, explican
la tendencia a devaluar a todas las mujeres en su condición
de encarnación de aquellos rasgos que se desprecian y temen.
Cada hombre en un hogar patriarcal, desde muy pequeño aprende
que hay dos posiciones sociales: unos que son los que dan órdenes
y son servidos y por otro lado están las otras, las inferiores,
que son muy comunes y son las que sirven, aceptan órdenes
y castigos y son vistas como algo que se puede desechar fácilmente
porque sólo reciben del hombre y no aportan.
Una expresión de la masculinidad es el machismo, que impregna
todas las relaciones políticas en la sociedad y en el Estado.
Ser macho, según Marcela Lagarde, “implica ser fuerte,
violento, rencoroso, conquistador, autoritario, a la vez que irresponsable
y negligente, basado en formas de poder absoluto y arbitrario
emanadas del patriarcado, articulado con otras formas políticas
autoritarias” Eje. dirigente fútbol, gremialistas,
caudillos políticos, jefes de bandas, etc..
Si prestamos atención, notaríamos que la mayor parte
de las noticias y reportajes sobre la “violencia”
tratan en realidad, de “hombres violentos”. Esto no
significa que las mujeres estemos exentas de violencia, pero el
predominio masculino en este comportamiento es abrumador. Sin
embargo, utilizamos un lenguaje sexualmente neutro al hablar de
la violencia “en la escuela” o “juvenil”,
o de la agresividad en los negocios. Podemos preguntarnos por
qué un comportamiento tan claramente identificado con un
sexo específico se menciona sin referencia alguna a ese
sexo. Según la Dra. Eileen Hoffman, el lenguaje sexualmente
neutro se utiliza para describir comportamientos considerados
normales.
Ahora bien, en los casos en que la discusión se concentra
en la masculinidad de la violencia, inevitablemente se resalta
la función de la testosterona ( hormona masculina) como
agente impulsor del comportamiento agresivo: los hombres tienen
mucha testosterona y las mujeres no. Aquí enlaza el modelo
biologicista y determinista. Si el problema fuera así de
sencillo, bastaría con medir los niveles de testosterona,
determinar quienes presentan mayor riesgo de cometer actos violentos
y someterlos a la terapia adecuada. Los datos empíricos
nos enseñan que la violencia entre seres humanos no depende
solamente de la testosterona y del instinto natural de los machos
de ser machos.
Desde el género podemos decir que la violencia se trata
de un comportamiento complejo que depende del contexto social
y de la desigualdad de poder.
Recientemente, desde la Antropología y otras ciencias sociales
han señalado que en determinados contextos y sociedades,
ser “masculino” en un sentido ideal entraña
la tolerancia de la violencia.
En muchas sociedades, el ideal de la masculinidad heroica exige
la aceptación de la noción del honor y la regulación
violenta de la sexualidad femenina. De hecho, las ideas relativas
a la masculinidad están intimamente vinculadas a la fiscalización
del comportamiento de la mujer. Los hombres heroicos en esas sociedades
utilizan la violencia para promover la justicia y el bien social,
pero tambien se sirven de ella para asegurarse que las mujeres
se comporten según su voluntad y les estén subordinadas.
La personalidad del varón heroico cuya masculinidad se
acerca a la violencia no corresponde solamente al hombre tradicional
de las sociedades del Mediterráneo y el Oriente Medio que
creen en el honor. Estudios recientes muestran que éste
es a menudo el paradigma predominante en los EEUU de NA, por ejemplo,
donde aparece reflejado en la cultura popular. Con frecuencia
se manifiesta en la figura del vaquero, y suele destacarse en
el cine moderno. El atropello, la ira y el uso de la violencia
como medios legítimos de resolver conflictos predominan
en muchas de las películas que se producen en casi todo
el mundo.
No todas las representaciones de la masculinidad son violentas.
También está el poderoso ideal moral del hombre
controlado, disciplinado y superior, cuyos vínculos con
la violencia son mucho más matizados, o los otros modelos
de masculinidad que han surgido a raíz del crecimiento
del movimiento feminista. A menos que se realicen actividades
de educación pública y campañas para contrarrestar
las imágenes negativas de los hombres violentos como ideales
de una sociedad, el estereotipo masculino heroico de muchas sociedades
puede seguir siendo el que lleva un arma. Ese tipo de ideal tiene
graves consecuencias para la sociedad y en especial para las mujeres.
En esta perspectiva es importante también el reconocimiento
de la correlación de esta masculinidad con un formato específico
de sociedad “ guerrera, explotadora y competitiva”,
que alienta el uso de la violencia y la dominación mientras
predica paz e igualdad, y con las violencias entre varones y la
pedagogía del castigo y el autoritarismo en la que la mayoría
de los varones se socializan
La identidad sexual es importante en la comprensión de
la violencia . Su manifestación varía según
el sexo de la víctima. La violencia de hombre a hombre
es pública: ocurre en la calle, a la salida de los bailes,
en las picadas, en los partidos de fútbol, en los enfrentamientos
en el trabajo, o manejando un auto en estado de ebriedad. La violencia
de hombre a mujer, en comparación, es privada y ocurre
en la casa.
Mitos sobre el perfil del hombre violento:
Estos mitos atribuyen la producción de la violencia, sobre
todo la grave y de efecto inmediato (física), al alcoholismo,
las drogas, los factores socio-económicos, el “descontrol”
por ira, celos o frustraciones, la violencia en la infancia, las
patologías mentales o la falta de autoestima.
Los llamados perfiles generalmente se basan en investigaciones
sobre varones denunciados o en rehabilitación, y por lo
tanto representan poblaciones sesgadas que no pueden generar conclusiones
sobre la generalidad de los hombres que ejercen violencia. Si
incluimos a estos, los perfiles se diluyen dentro del perfil más
general del varón “normal” (tradicional), machista
y misógino. Los más denunciados son aquellos que
tienen habilidades menos sutiles para el dominio, nada empáticos,
manipuladores y victimistas, y entre ellos hay algunos dependientes
emocionales, otros especialmente dominantes y otros violentos
generalizados, con diferente nivel de peligrosidad y recuperabilidad.
Hablar de violencia nos exige una definición de la misma
o por lo menos una enunciación de sus elementos fundamentales.
Carmen Posada, en el Boletín Informativo N1 CLADEM la entiende
como un ejercicio de poder que busca mantener, construir
o destruir un determinado orden de derechos y bienes, produciendo,
como consecuencia, la negación o la restricción
de los derechos del otro o de la otra.
De esta definición la autora subraya tres elementos centrales:
a)El ejercicio de poder, generalmente por la vía de la
fuerza – física, psicológica, económica,
de la autoridad de los privilegios o de las armas.
b)El objetivo de obtener o mantener determinada posición,
beneficios, ventajas u oportunidades de carácter personal,
familiar, económico, social o político.
c)La destrucción o restricción, como resultado de
lo anterior, de los derechos, bienes y oportunidades del otro
o de la otra.
“La violencia entraña entonces, una violación
de los derechos humanos y un problema de salud pública.
Afecta la vida, la integridad personal, la autonomía, la
sexualidad, la dignidad de los seres humanos, y transgrede las
normas básicas de la convivencia social. En su base se
encuentra el autoritarismo, la fuerza, el deseo de someter y dominar,
el irrespeto por la singularidad y por la diferencia.
La violencia se perpetra en todos los espacios, los derechos humanos
y sobre todo la garantía de una vida saludable pueden resultar
afectados tanto en el ámbito público como en el
privado, en el hogar y fuera de él.
La
propuesta se basa fundamentalmente en dos aspectos:
a) Siguiendo las enseñanzas de A. Montagu, Humberto Maturana,
Riane Eisler, Alice Miller, Jordan Riak y muchos/as otras/os estudiosos/as:
hay enormes posibilidades para el desarrollo de las relaciones
humanas cooperativas. Sólo hace falta reconocerlas y afrontarlas
con inteligencia. Los niños y las niñas nacen con
un sistema de necesidades altamente desarrollado, que busca un
desarrollo aún mayor, en términos de cooperación,
no de competencia. En su primer impulso, la naturaleza humana
se orienta hacia la bondad. La naturaleza humana es buena. Lo
malo es la educación humana. Tenemos que adaptar ésta
a las exigencias de aquélla y desengañar a la humanidad
del mito de la maldad innata del género humano. Parte de
nuestra ceguera cultural occidental es no reconocer al amor como
la necesidad biológica que nos ha hecho desarrollarnos
como seres humanos. El amor, no la agresión, es la emoción
básica en la configuración de lo humano, tanto es
así, que si nos falta nos enfermamos.
b) Un cambio en la socialización genérica: que lleve
como objetivo conseguir una igualdad real y efectiva entre mujeres
y hombres, que fomente la convivencia y no la violencia., que
parta del reconocimiento de la diversidad y no pretenda la homogeneidad
, que dé importancia a todos los aspectos de la vida de
las personas, no sólo a las capacidades intelectuales,
sino también a los sentimientos, que combine las libertades
y los derechos individuales de las personas con los valores sociales
de solidaridad, cooperación y respeto mutuo.