La voz de Lilith
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Discriminación, Racismo y Género

PONENCIA
"Sin Violencia Otro Mundo es Posible"
Presentado en el Congreso Internacional sobre Violencia
San juan en octubre de 2003
 
Sin Violencia Otro Mundo es Posible
Vivimos en una sociedad que en principio valora a la violencia como un fenómeno “natural” basado en un modelo biologicista y determinista, en donde el “fuerte” puede y “tiene” que dominar al débil. Múltiples teorías, tanto biológicas como sociales, han hecho de la competencia por la existencia y de la agresión para sobrevivir contundentes paradigmas en donde ser violento formaría parte consustancial al ser humano.
Varias conclusiones basadas en el estudio de la conducta animal, se han trasladado al ámbito humano, de donde se deriva que la agresión es inevitable y necesaria para sobrevivir. Konrad Lorenz “Sobre la agresión” Robert Ardrey”El imperativo territorial” Desmond Morris “El mono desnudo” y “El zoo humano” son algunos de sus exponentes más difundidos.
Estos autores nos dirán también que fue mediante la invención de armas-instrumentos para matar- como las criaturas pre-humanas se hicieron humanas. Nos dicen que además de agresivos somos territoriales; que nos caracteriza un instinto de defensa territorial heredado más fuerte y compulsivo incluso que el sexo como fuerza motivadora: en consecuencia, guerra entre naciones, batallas entre bandas, crueldades y crímenes.
La tesis opuesta, que no niega un componente genético en la agresión humana, demuestra que los seres humanos han vivido más altruista y pacíficamente durante la mayor parte de su historia evolutiva. Aún hoy, cuando la violencia a gran escala amenaza con poner fin a nuestro mundo, la mayoría de los humanos no tienen en realidad nada de violentos, y hay sociedades enteras donde aún hoy la violencia es mínima o inexistente.
Quisiera que me permitan presentar esta tesis , a partir de otros autores y especialmente A. Montagu, quienes nos dicen: “que ninguna conducta humana específica está genéticamente determinada; que los seres humanos son capaces de cualquier tipo de conducta, incluyendo la conducta agresiva e incluyendo también la bondad, la crueldad, la sensibilidad, el egoísmo, la nobleza, la cobardía y la travesura; la conducta agresiva no es sino una entre muchas, y cualquier explicación del comportamiento humano ha de explicar todo el comportamiento, no sólo un tipo; y que el tipo de conducta que despliega un ser humano en cualquier circunstancia no está determinado por sus genes – aunque haya por supuesto alguna contribución genética – sino básicamente por la experiencia vivida en interacción con esos genes.” Durante el parto mismo y a lo largo de su vida independiente, la respuesta entera de un ser humano al mundo se encuentra determinada en alto grado por la experiencia. Y no sólo las respuestas físicas y mentales, sino también los rasgos de personalidad, la conducta y las actitudes son mucho más el resultado de factores ambientales que de factores hereditarios.”
Los seres humanos son capaces de todo un amplio repertorio de conductas, y no están más inclinados a matar que a socorrer. Sabemos que hacen ambas cosas. La explicación no se encuentra en supuestos instintos humanos , que tenderían a empujar a todos los hombres y mujeres siempre en una dirección, sino que depende principalmente de las experiencias de sus vidas, que varían ampliamente de una persona a otra. La agresividad, o la conducta agresiva, al igual que el desarrollo de un talento, por ejemplo, tocar el piano, es en gran medida el resultado de la aprobación y del apoyo activo, y la conducta pacífica se produce también debido a que es recompensada. Al final acaba siendo una cuestión de ver qué tipo de conducta es más valorado.
Las dos perspectivas no sólo definen dos modos de contemplar a los seres humanos- cosa ya bastante importante en sí misma- sino también dos modos de ser humanos y nos afectan como personas individuales, como sociedades y como supervivientes.
Las soluciones a todos nuestros problemas dependen de qué perspectiva adoptemos. Si los seres humanos son inevitablemente criminales, las soluciones deberán adecuarse a nuestras tendencias asesinas; si la conducta humana es en su mayor parte aprendida nuestras soluciones deberán apoyarse en esta capacidad.
Allí donde la conducta agresiva es fuertemente desaprobada, como entre los huteritas y los amish, o entre los indios hopi y zuñi, resulta prácticamente desconocida.
La historia es en todas partes la misma, tanto si estudiamos la agresión en nuestra propia sociedad como si la estudiamos en diferentes sociedades, la conducta agresiva y la no agresiva son básicamente aprendidas.
Dice Montagu: La visión hobbesiana de la naturaleza humana no es nueva; es posiblemente más vieja que la doctrina del pecado original, y predominó ampliamente durante el reinado del darwinismo muscular, y su subsecuente criatura, el darwinismo social. Fue un parecer adoptado por Freud quien, escribiendo al final de la Primera Guerra mundial concluyó que :” es necesario contar con que una buena parte de instinto agresivo forma parte del legado instintivo del hombre....Homo homini lupus...."”En el caso del hombre, responde Montagu, es posible decir que todos los intentos de determinar su conducta mediante lo instintivo hasta ahora han fracasado" Y prosigue:” Lo notable con respecto a la conducta humana es que es aprendida; todo lo que un ser humano lleva a cabo como tal ha tenido que aprenderlo de otros seres humanos. (Eje. hablar) Desde cualquier control sobre las reacciones predeterminadas, biológicas o hereditarias, que pueden prevalecer en la conducta de otros animales, el ser humano ha accedido a una a una zona de adaptación en la que su conducta está determinada por respuestas aprendidas.
Es dentro de la dimensión de la cultura, de lo aprendido, en el entorno producido por él mismo donde el ser humano crece, se desarrolla y alcanza su entidad como organismo que sigue una conducta...Lo que tales escritores hacen, además de perpetuar una interpretación completamente errónea de la naturaleza humana, es desviar la atención de las verdaderas causas de la agresividad y destructividad humanas, principalmente de los muchos valores falsos y contradictorios por los que, en un mundo superpoblado, ampliamente competitivo y amenazador , tan ineficazmente intenta vivir el ser humano. No es la naturaleza de hombres y mujeres sino su educación en un mundo tal lo que requiere nuestra atención”
El tema de la violencia humana, de sus causas y remedios, es muy complejo y cualquier respuesta elemental resulta sospechosa. Ahora bien, por qué goza de tanto apoyo la idea de la agresión innata ( a pesar de las pruebas científicas y del conocimiento general en contrario) es una cuestión que pienso puede ser iluminada a partir de la contribución del feminismo y de los estudios de género.
Cuando hablamos de feminismo nos referimos a la filosofía que reconoce que las mujeres y los hombres tienen diferentes experiencias de sí mismos, del otro, de la vida y que la experiencia de los hombres ha sido ampliamente enunciada, mientras que la de las mujeres ha sido omitida o mal explicada. El feminismo reconoce que esta sociedad no permite la igualdad a las mujeres; por el contrario, está estructurada de tal manera que subordina a las mujeres y glorifica a los hombres. Esta estructura se denomina patriarcado.
Comparto con Humberto Maturana su descripción de la cultura patriarcal “como una red cerrada de conversaciones que hacen de nuestra vida cotidiana un modo de coexistencia que valora la guerra, la competencia, la lucha, las jerarquías, la autoridad, el poder, la procreación, el crecimiento, la apropiación de los recursos, y la justificación racional del control y de la dominación de los otros a través de la apropiación de la verdad.
En nuestra cultura patriarcal vivimos en la desconfianza, y buscamos certidumbre en el control del mundo natural, de los otros seres humanos y de nosotros mismos. Continuamente hablamos de controlar nuestra conducta o nuestras emociones, y hacemos muchas cosas para controlar la naturaleza o la conducta de otros, en el intento de neutralizar lo que llamamos fuerzas antisociales y naturales destructivas, que surgen de su autonomía.
En nuestra cultura patriarcal no aceptamos los desacuerdos como situaciones legítimas que constituyen puntos de partida para una acción concertada frente a un propósito común, y debemos convencernos y corregirnos unos/as a otros/as, y solamente toleramos al diferente en la confianza que podremos llevar a él o ella por el buen camino, que es el nuestro, o hasta que podamos eliminarlo/a bajo la justificación de que está equivocado/a.
En nuestra cultura patriarcal vivimos en la apropiación, y actuamos como si fuese legítimo establecer por la fuerza bordes que restringen la movilidad de los otros en ciertas áreas de acciones que antes de nuestra apropiación eran de su libre acceso. Más aún, hacemos esto mientras retenemos para nosotros el privilegio de movernos libremente en ésas áreas, justificando nuestra apropiación de ellas mediante argumentos fundados en principios y verdades, de las que también nos hemos apropiado.
En nuestra cultura patriarcal vivimos en la desconfianza de la autonomía de los otros y estamos apropiándonos todo el tiempo del derecho a decidir lo que es legítimo o no para ellos en un continuo intento de controlar sus vidas.
Vivimos en la jerarquía que exige obediencia, afirmando que una coexistencia ordenada requiere de autoridad y subordinación, de superioridad e inferioridad, de poder y debilidad o sumisión, y estamos siempre listos para tratar todas las relaciones, humanas o no, en esos términos. Así, justificamos la competencia, esto es, un encuentro en la mutua negación, como la manera de establecer la jerarquía de los privilegios bajo la afirmación que la competencia promueve el progreso social al permitir que el mejor aparezca y prospere.
Estamos siempre listos a tratar a los desacuerdos como disputas o luchas, a los argumentos como armas, y describimos una relación armónica como pacífica, es decir, como la ausencia de guerra, como si la guerra fuese la actividad propiamente humana más fundamental”.
El patriarcado, institucionalización del dominio masculino sobre las mujeres dentro de la familia, y la extensión de esta supremacía al resto de la sociedad, no es un hecho “natural” o biológico, sino el resultado de un proceso histórico que tardó cerca de 3000 años en completarse. La dominación patriarcal de los cabeza de familia sobre sus parientes comienza en el tercer milenio antes de Cristo y se encuentra ya bien establecida hacia la época en que se escribe el Antiguo Testamento. El patriarcado implica que los varones tienen el poder en todas las instituciones importantes de la sociedad. No implica que las mujeres no tengan ningun tipo de poder o que se las haya privado por completo de derechos, influencia y recursos. En éste sistema convivimos hombres y mujeres, con una asignación diferencial de funciones.
Los estereotipos de los roles de los géneros:
El sexo es una categoría biológica referida a lo masculino o lo femenino. El género es un concepto social y entraña la asignación de ciertas tareas sociales a uno de los sexos y de otras, al otro sexo. Estas asignaciones definen lo que se rotula como masculino y femenino y constituyen las creencias sociales sobre lo que significa ser varón o mujer en una sociedad dada y en un período determinado. Los estereotipos de los géneros son el resultado de considerar que determinadas actitudes, conductas y sentimientos son apropiados sólo para uno de los sexos, y por lo tanto inconvenientes y desaprobados socialmente para el otro. Todos nosotros actuamos como si estas diferencias fueran reales, es decir, naturales, y no establecidas por la sociedad; nos olvidamos de que el sexo se refiere sólo a una diferencia anatómica.
Los roles de los géneros han sido organizados de manera que se coloca a los hombres en una posición dominante y a las mujeres en una posición subordinada. Esta organización subraya todas las diferencias superficiales entre hombres y mujeres y da origen a la asignación de casi todas las tareas. Las tareas que los que dominan eligen para ellos son las que tienen más reconocimiento y más status. Las subordinadas tradicionalmente no pueden elegir, a menos que los que dominan se los permitan , lo cual no constituye una elección real. Esta organización excluye la posibilidad de igualdad y reciprocidad entre los sexos, reduce la gama de conductas posibles de los dos sexos y termina por producir rigidez y polarización. Lo que es más significativo, afirma y mantiene el poder de los hombres y la impotencia de las mujeres.
En la familia se aprenden los roles de los géneros aprobados por la cultura, tratando y respondiendo a las niñas y los varones de manera diferente, manteniendo distintas expectativas para ellos y ejerciendo diferentes presiones sociales para unos y otras. Produciendo así al varón-hombre y a la niña-mujer, la flia. realiza una función decisiva para la sociedad.
Los métodos de la cultura para formar a niñas y niños en sus roles según el género nos enseñan desde una edad temprana a no ver el género como un concepto social sino, por el contrario, a verlo como profundamente arraigado en la naturaleza humana. Ej:juguetes.
En el fundamento de las tareas basadas en el género existen tres supuestos centrales sobre los roles masculinos y femeninos: 1) los hombres creen que deben tener siempre el privilegio y el derecho de controlar la vida de las mujeres, 2) las mujeres creen que son responsables de todo lo que va mal en una relación humana; 3) las mujeres creen que los hombres son esenciales para su bienestar ( en lugar de simplemente deseables o gratificantes). Estos tres supuestos se combinan para crear casi todas las interacciones y también los problemas de los hombres con las mujeres. Esta perspectiva pone en claro no sólo las diferencias entre los géneros sino también el poder que ejerce uno sobre otro.
El orden social se impone en los aspectos más personales de los individuos y las familias: sus finanzas, su conciencia de sí, sus manifestaciones de la sexualidad, su manera de ejercer la maternidad o la paternidad, etc; este orden social, este patriarcado, no sólo se mete en todas partes sino que ademas disemina sus desventajas de manera desigual, siendo una carga más pesada para el débil y el impotente, que para el que ocupa una alta posición y está bien protegido.
La construcción de la masculinidad como factor de riesgo para la violencia:
La masculinidad, de acuerdo con Gilmore, “ es la forma aprobada de ser un hombre adulto en una determinada sociedad”
Desde muy temprano en su socialización el varón aprende a minimizar sus diferencias respecto de sus pares y a aumentar las que lo separan de las mujeres.
La diferenciación es clave para el desarrollo de la masculinidad, pues el hombre aprende desde pequeño a ser “diferente” de la persona con quien más contacto tiene, su madre.
Esta diferenciación se logra alejándose de las características que ve en su madre. El pequeño se aleja de las conductas que son nutritivas, sensibles, emocionales, cooperativas, demostrativas, suaves, de entrega y obediencia, propias de la socialización de las mujeres, para adoptar las características masculinas de competencia, desconfianza, alejamiento, rudeza, individualidad, dominación, etc..
El carácter social de la construcción de su masculinidad se oculta tras la superioridad de la importancia social del mero hecho de nacer varón. Importancia y superioridad que son aprendidas desde la primera infancia, en la percepción de la relevancia de su padre en el hogar, en el orgullo materno por haber traído al mundo un varón y en la captación de los roles más protagónicos, interesantes y poderosos ejercidos por sus congéneres. La multiplicidad de modelos y cualidades en que se desdobla la condición masculina, posibilita su adopción sin por ello realizar esfuerzos extraordinarios; no todos los hombres son Stallone o Schwarzeneger, lo que no invalida el carácter “oficialmente masculino” de la rudeza y la fuerza. La construcción social del varón tiene su momento crítico en la adolescencia y juventud dominadas por el juego de emulación-competencia entre pares y la multiplicación viril de conquistas.
La masculinidad está conformada por un conjunto de significados cambiantes, aunque recorridos por una constante: la construcción histórico-social de la virilidad tiene lugar en oposición a las mujeres y a las minorías sexuales y raciales. La huída de lo femenino (que representa la dependencia, fragilidad, sumisión, etc.) para constituir la masculinidad, explican la tendencia a devaluar a todas las mujeres en su condición de encarnación de aquellos rasgos que se desprecian y temen.
Cada hombre en un hogar patriarcal, desde muy pequeño aprende que hay dos posiciones sociales: unos que son los que dan órdenes y son servidos y por otro lado están las otras, las inferiores, que son muy comunes y son las que sirven, aceptan órdenes y castigos y son vistas como algo que se puede desechar fácilmente porque sólo reciben del hombre y no aportan.
Una expresión de la masculinidad es el machismo, que impregna todas las relaciones políticas en la sociedad y en el Estado. Ser macho, según Marcela Lagarde, “implica ser fuerte, violento, rencoroso, conquistador, autoritario, a la vez que irresponsable y negligente, basado en formas de poder absoluto y arbitrario emanadas del patriarcado, articulado con otras formas políticas autoritarias” Eje. dirigente fútbol, gremialistas, caudillos políticos, jefes de bandas, etc..
Si prestamos atención, notaríamos que la mayor parte de las noticias y reportajes sobre la “violencia” tratan en realidad, de “hombres violentos”. Esto no significa que las mujeres estemos exentas de violencia, pero el predominio masculino en este comportamiento es abrumador. Sin embargo, utilizamos un lenguaje sexualmente neutro al hablar de la violencia “en la escuela” o “juvenil”, o de la agresividad en los negocios. Podemos preguntarnos por qué un comportamiento tan claramente identificado con un sexo específico se menciona sin referencia alguna a ese sexo. Según la Dra. Eileen Hoffman, el lenguaje sexualmente neutro se utiliza para describir comportamientos considerados normales.
Ahora bien, en los casos en que la discusión se concentra en la masculinidad de la violencia, inevitablemente se resalta la función de la testosterona ( hormona masculina) como agente impulsor del comportamiento agresivo: los hombres tienen mucha testosterona y las mujeres no. Aquí enlaza el modelo biologicista y determinista. Si el problema fuera así de sencillo, bastaría con medir los niveles de testosterona, determinar quienes presentan mayor riesgo de cometer actos violentos y someterlos a la terapia adecuada. Los datos empíricos nos enseñan que la violencia entre seres humanos no depende solamente de la testosterona y del instinto natural de los machos de ser machos.
Desde el género podemos decir que la violencia se trata de un comportamiento complejo que depende del contexto social y de la desigualdad de poder.
Recientemente, desde la Antropología y otras ciencias sociales han señalado que en determinados contextos y sociedades, ser “masculino” en un sentido ideal entraña la tolerancia de la violencia.
En muchas sociedades, el ideal de la masculinidad heroica exige la aceptación de la noción del honor y la regulación violenta de la sexualidad femenina. De hecho, las ideas relativas a la masculinidad están intimamente vinculadas a la fiscalización del comportamiento de la mujer. Los hombres heroicos en esas sociedades utilizan la violencia para promover la justicia y el bien social, pero tambien se sirven de ella para asegurarse que las mujeres se comporten según su voluntad y les estén subordinadas.
La personalidad del varón heroico cuya masculinidad se acerca a la violencia no corresponde solamente al hombre tradicional de las sociedades del Mediterráneo y el Oriente Medio que creen en el honor. Estudios recientes muestran que éste es a menudo el paradigma predominante en los EEUU de NA, por ejemplo, donde aparece reflejado en la cultura popular. Con frecuencia se manifiesta en la figura del vaquero, y suele destacarse en el cine moderno. El atropello, la ira y el uso de la violencia como medios legítimos de resolver conflictos predominan en muchas de las películas que se producen en casi todo el mundo.
No todas las representaciones de la masculinidad son violentas. También está el poderoso ideal moral del hombre controlado, disciplinado y superior, cuyos vínculos con la violencia son mucho más matizados, o los otros modelos de masculinidad que han surgido a raíz del crecimiento del movimiento feminista. A menos que se realicen actividades de educación pública y campañas para contrarrestar las imágenes negativas de los hombres violentos como ideales de una sociedad, el estereotipo masculino heroico de muchas sociedades puede seguir siendo el que lleva un arma. Ese tipo de ideal tiene graves consecuencias para la sociedad y en especial para las mujeres.
En esta perspectiva es importante también el reconocimiento de la correlación de esta masculinidad con un formato específico de sociedad “ guerrera, explotadora y competitiva”, que alienta el uso de la violencia y la dominación mientras predica paz e igualdad, y con las violencias entre varones y la pedagogía del castigo y el autoritarismo en la que la mayoría de los varones se socializan
La identidad sexual es importante en la comprensión de la violencia . Su manifestación varía según el sexo de la víctima. La violencia de hombre a hombre es pública: ocurre en la calle, a la salida de los bailes, en las picadas, en los partidos de fútbol, en los enfrentamientos en el trabajo, o manejando un auto en estado de ebriedad. La violencia de hombre a mujer, en comparación, es privada y ocurre en la casa.
Mitos sobre el perfil del hombre violento:
Estos mitos atribuyen la producción de la violencia, sobre todo la grave y de efecto inmediato (física), al alcoholismo, las drogas, los factores socio-económicos, el “descontrol” por ira, celos o frustraciones, la violencia en la infancia, las patologías mentales o la falta de autoestima.
Los llamados perfiles generalmente se basan en investigaciones sobre varones denunciados o en rehabilitación, y por lo tanto representan poblaciones sesgadas que no pueden generar conclusiones sobre la generalidad de los hombres que ejercen violencia. Si incluimos a estos, los perfiles se diluyen dentro del perfil más general del varón “normal” (tradicional), machista y misógino. Los más denunciados son aquellos que tienen habilidades menos sutiles para el dominio, nada empáticos, manipuladores y victimistas, y entre ellos hay algunos dependientes emocionales, otros especialmente dominantes y otros violentos generalizados, con diferente nivel de peligrosidad y recuperabilidad.
Hablar de violencia nos exige una definición de la misma o por lo menos una enunciación de sus elementos fundamentales. Carmen Posada, en el Boletín Informativo N1 CLADEM la entiende como un ejercicio de poder que busca mantener, construir o destruir un determinado orden de derechos y bienes, produciendo, como consecuencia, la negación o la restricción de los derechos del otro o de la otra.
De esta definición la autora subraya tres elementos centrales:
a)El ejercicio de poder, generalmente por la vía de la fuerza – física, psicológica, económica, de la autoridad de los privilegios o de las armas.
b)El objetivo de obtener o mantener determinada posición, beneficios, ventajas u oportunidades de carácter personal, familiar, económico, social o político.
c)La destrucción o restricción, como resultado de lo anterior, de los derechos, bienes y oportunidades del otro o de la otra.
“La violencia entraña entonces, una violación de los derechos humanos y un problema de salud pública. Afecta la vida, la integridad personal, la autonomía, la sexualidad, la dignidad de los seres humanos, y transgrede las normas básicas de la convivencia social. En su base se encuentra el autoritarismo, la fuerza, el deseo de someter y dominar, el irrespeto por la singularidad y por la diferencia.
La violencia se perpetra en todos los espacios, los derechos humanos y sobre todo la garantía de una vida saludable pueden resultar afectados tanto en el ámbito público como en el privado, en el hogar y fuera de él.
La propuesta se basa fundamentalmente en dos aspectos:
a) Siguiendo las enseñanzas de A. Montagu, Humberto Maturana, Riane Eisler, Alice Miller, Jordan Riak y muchos/as otras/os estudiosos/as: hay enormes posibilidades para el desarrollo de las relaciones humanas cooperativas. Sólo hace falta reconocerlas y afrontarlas con inteligencia. Los niños y las niñas nacen con un sistema de necesidades altamente desarrollado, que busca un desarrollo aún mayor, en términos de cooperación, no de competencia. En su primer impulso, la naturaleza humana se orienta hacia la bondad. La naturaleza humana es buena. Lo malo es la educación humana. Tenemos que adaptar ésta a las exigencias de aquélla y desengañar a la humanidad del mito de la maldad innata del género humano. Parte de nuestra ceguera cultural occidental es no reconocer al amor como la necesidad biológica que nos ha hecho desarrollarnos como seres humanos. El amor, no la agresión, es la emoción básica en la configuración de lo humano, tanto es así, que si nos falta nos enfermamos.

b) Un cambio en la socialización genérica: que lleve como objetivo conseguir una igualdad real y efectiva entre mujeres y hombres, que fomente la convivencia y no la violencia., que parta del reconocimiento de la diversidad y no pretenda la homogeneidad , que dé importancia a todos los aspectos de la vida de las personas, no sólo a las capacidades intelectuales, sino también a los sentimientos, que combine las libertades y los derechos individuales de las personas con los valores sociales de solidaridad, cooperación y respeto mutuo.